Llámalo sexo.

 

El sexo se cuenta con palabras y se demuestra con hechos. Algunos, se pasan el día hablando. Otros, en cambio, demostrando.

Cuando nacemos, todo el mundo habla de un sexo: del nuestro. Niño o niña, tan sencillo como eso. El paso del tiempo, como en todo, complica las cosas.

Hay un día en el que, a mitad de una comida, normalmente con invitados, decides preguntar por eso que te inquieta, por eso de lo que has oído hablar en el colegio, por eso sobre lo que quieres saber: ¿qué es follar?. Las reacciones están medidas. Silencio sepulcral. Alguien que tose. Unos altavoces que en ese momento cambian de canción y miradas, muchas miradas. Algún avispado ágil y rápido levanta la botella de cristal y dice: ¿vino?. La conversación sigue. Todos te ignoran y te mandan a la cama hasta que, días más tarde, un amigo te cuenta toda la información sobre el tema, obtenida, eso sí, de la fuente más fiable: un/a hermano/a o un primo. Asco. Te da mucho asco y a la vez, pena. Para alguien que pensaba que los niños nacían cuando un chico y una chica se daban un beso en la boca, el día de la boda, para ser exactos, descubrir que esa teoría es falsa puede ser muy traumático.

Con la entrada en la adolescencia llega un momento en el que el sexo deja de ser eso que diferencia a chicos y chicas y pasa a ser el tema del que todos queremos hablar, y del que muchos aún no nos atrevemos a preguntar. Es ahí cuando empieza la guerra de sexos, que no de sexo, y es que, si hay algo que distancie, y a la vez una, a hombres y mujeres, es el sexo. Ellas, apenas hablan del tema. Ellos, lo tratan sin parar. Ellas leen revistas con test del amor. Ellos, ven, que no leen, otras de contenido bastante diferente. Ellos sueñan con la primera vez. Ellas, la temen.

Una vez probado, todos cambian. Ellos, que han quedado mal, lo intentan mejorar. Ellas, que se sienten triunfadoras, van de expertas con sus amigas. A partir de ahí, empiezan las divisiones, las divisiones en los propios grupos. Ellos, entre los machotes y los pagafantas, o lo que es lo mismo, entre los que dicen que lo hacen, y los que pagan por hacerlo. Ellas, entre las golfas y las estrechas, porque,  si lo haces eres muy suelta, y si no muy tonta.

Cuando se “madura” y empiezan las relaciones estables, las diferencias en el sexo siguen siendo incorregibles. Es entonces cuando el papel del “amigo/a” consejero gana peso. Si tu novia quiere hacerlo sin parar, o es muy puta o quiere quedarse embarazada para pillarte. Si no quiere, es muy estrecha. Si tu novio intenta hacerlo, está salido, y si no, tiene a otra.

El matrimonio une en las alegrías y en las penas, pero no en la cama. Las cosas cambian de forma, pero no de contenido. Si hay mucho sexo, falta comunicación. Si hay poco, falta atracción. Ambos son motivos para acabar en divorcio.

Una vez divorciados, la imagen respecto al sexo, cambia. Si eres hombre, te conviertes en un viejo verde. Si eres mujer, en una madurita desesperada. Ambos prototipos destinados a unirse para terminar preguntándose ¿si voy a acabar con lo mismo que tenía para qué me separo?

Nos pasamos la vida hablando, mucho de amor y poco de sexo, y es que, aunque todos sabemos que el sexo puede ser con amor o sin él, hay algo en lo que nunca nos aclaramos: ¿existe amor sin sexo?.

@AngelLudena

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