Bésame mucho.

Todos besamos y a todos, por suerte o por desgracia, también nos besan. Después de un tiempo de experiencia (no diré cuanta) he aprendido a distinguir con claridad los distintos tipos de besos.

Besos de presentación: Llegas a un sitio que no conoces. Entras con cuidado. Todos te miran. Alguien dice: “Mirad éste es…” y en ese momento empiezan las dudas. ¿Doy la mano o dos besos? Si los besos terminan siendo la opción preferida comienzan los que se conocen como besos de presentación. Uno tras otro, te vas a acercando a todos los presentes. Pegas la cara y escuchas sin parar nombres, decenas de nombres que no recordarás porque ni tan siquiera tendrás que utilizarlos. Al terminar te servirás de un “ha sido un placer” y con un leve gesto de mano saldrás por la puerta. Misión cumplida.

Besos de madre: No hay nada como un beso de madre. Puede ser en la cara o en la frente, dependiendo del momento, pero siempre van acompañados de un achuchón de esos que sólo tu madre te sabe dar. Te aportan tranquilidad hasta el punto de que se puede estar cayendo el techo encima que si tu madre te está dando un beso, el techo y su derrumbe inmediato pasarán a ser un detalle sin relevancia.

Besos de niños: Tímidos, discretos y rápidos. Después de un par de vacilaciones, giras rápido la cabeza y juntas tus labios con quien te toque, porque normalmente, excepto en casos de relaciones consolidadas dentro de la guardería (que las hay…), estos besos suelen producirse porque una botella ha decidido que así sea. Servirán para que tus amigos te asignen un noviazgo con quien recibe el beso y para que, durante algún tiempo, se escuche “nosequien y nosecuantos sentados en un árbol dándose besitos, sí, no, sí, no…” mientras giran la comba sin parar.

Besos de enemigo: Como el mundo es muy pequeño y tampoco somos tantos, antes o después terminas coincidiendo con ese alguien a quien no soportas, alguien que además tampoco te soporta a ti. Los dos, que sois muy educados, os veis obligados a saludaros porque tenéis a todo un séquito delante que espera ver ese “cariño” saludo. Aprietas los labios y fuerzas una sonrisa que ni te molestas en ocultar que es falsa, pegas tu cara a la suya intentando que el roce sea mínimo, y dices un “qué tal” para el que ni quieres, ni esperas respuesta.

Besos de las amigas de tu abuela: Un día vas a ver a tu abuela y te llevas la gran “alegría” de que está rodeada de sus amigas, esas que te conocen desde pequeño, o al menos eso dicen ellas. Llegas, sonríes mientras escuchas a tu abuela decir “Mirad mi (tu nombre) que guapo está…” mientras todas te repasan sin parar con cara de “acércate que te veamos bien”. Intentas evitarlo pero no puedes porque se avalanzan sobre ti. Hueles a colonia, una colonia muy fuerte. Te cogen de los brazos, te pegan los labios con fuerza a tu mejilla y, mientras te dicen lo “hermoso que estás” que es un claro indicador de que estás más gordo, suena un “mmmmmmmmmmmuak” enorme. Esos besos dejan huella, en concreto, esos labios y su pintalabios que no contento con haber  hecho acto de presencia en los dientes de la señora, decide que tu mejilla es un buen lugar donde mostrar su eficacia.

Besos de los demás: Los besos de los demás son esos que ves pero no sufres. Protagonizados normalmente por tus abuelos y tus padres. Los primeros, que se besan delante de ti en las bodas de oro por primera y única vez, y los segundos que lo hacen cuando se van o vienen de viaje, celebran algo o directamente se hacen un regalo. Son similares. Picos rápidos que intentan pasar inadvertidos.

Besos de “voy pintada y no me roces”: También conocidos como “besos a distancia”. Quedas para salir de fiesta con esas amigas que hace mucho que no ves, vas a saludarlas y cuando estás a punto de rozarlas te dicen “ay, con cuidado que voy pintada”. ¿Es necesario que te lo diga o es que no se ha dado cuenta de que el hecho de que su cara parezca de plastilina te ha podido dar una ligera idea de que ha pasado por “chapa y pintura”?.

Besos de “lengua y ron”: Una discoteca. Tus amigas bailoteando. Una copas que empiezan a hacer efecto y tú que no sabes donde estás. Se te acercan, no ves mucho (no sólo porque esté oscuro) y se te lanzan. Lenguetazo al canto y un desagradable sabor a ron, tabaco y lo que se precie. Si tus amigas te hacen fotos, tendrás que dar explicaciones y sufrir un rato de cachondeo,  pero si no te ven o no hay pruebas que lo demuestren, haces un “aquí no ha pasado nada” y listo.

Besos de amigo auténtico: Los más valiosos. Son la prueba más clara para saber quiénes son tus verdaderos amigos. Suelen producirse en reencuentros emotivos o en momentos difíciles. Van acompañados de un abrazo de los de verdad, de los que se aprietan, de los que se sienten. Se valoran más con el paso del tiempo y tienen la capacidad de reducir el dolor y aumentar la felicidad.

Besos de despedida: Los más difíciles. Intentas evitar darlos el mayor tiempo posible hasta que llega un momento en el que no te queda otro remedio porque ese alguien tiene que irse, quieras o no. Suelen ir unidos a un llanto que parece no acabar nunca, a un abrazo del que no te quieres soltar y a un montón de promesas entre las que siempre se encuentra una: Volver a verse. Son duros pero reconfortantes.

Besos, besos de verdad: De amor. Sí, no queda otra. Los mejores besos son los de amor, los de amor de verdad. Puedes estar en el peor sitio del mundo y en el momento más inoportuno que para ti será el lugar perfecto, el instante adecuado y la compañía, inmejorable. Querrás parar el mundo y no podrás. Querrás repetirlo tiempo después cuando todo haya cambiado y no será posible pero se guardará en tu recuerdo de forma tan genial que el beso de Titanic te parecerá un pico cutre al lado del tuyo.

Está claro. Nos pasamos la vida besando pero, ¿cuántas veces besamos de verdad?

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Ángel Ludeña.

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