Echándote de más.

Ha pasado tanto tiempo que recordarlo, a veces, me parece absurdo. No mando yo, no decido yo, ni tan siquiera elijo yo que seas tú, quien después de todo, siga apareciendo en mi mente.

Es tarde, muy tarde y hoy he vuelto por unas horas a una habitación cargada de recuerdos. Sentado sobre la colcha, con la ventana medio abierta y un ventilador que no para de dar vueltas me he acordado de que durante mucho tiempo eche de menos, cosas que ahora echo de más.

Echo de más el miedo, el miedo a tus decisiones siempre con final inesperado, el miedo a perder algo que nunca gané, el miedo al dolor aun cuando parecía imposible de superar, el miedo a ti, a que descubrieses nuevas formas de seguir haciéndome daño, un daño que me destruía a pasos agigantados mientras lloraba, mientras lloraba por ti, por mí, por todos y a la vez por ninguno porque después de tanto llorar, llegué a olvidar por qué lloraba y me ocupé de buscar disculpas. Disculpas para ti, para mí y para quien tocara, disculpas para justificar lo injustificable, ante todos y ante mi mismo, disculpas para demostrarle al mundo que no tenía razón, una razón que veían todos, todos menos yo, que estaba demasiado ocupado viéndote a ti, a ti y a tus mentiras, demasiado ocupado haciendo que me las creía, intentando creérmelas, intentando vendérselas a los demás.

También echo de más no parar de pelear, de pelear contigo, con el mundo y conmigo mismo para luego darme la vuelta y empezar a hablar, a hablar de ti, a hablar de ti a todas horas, todos los días a cada instante, hablar con todos sobre ti, con todos menos contigo, porque contigo no me hacía falta hablar, me bastaba con escuchar tus promesas. Unas promesas que intenté creer, unas promesas que creía mientras veía como rompías, mientras paseaba con miedo, con el miedo a verte y no saber si podría hacerte frente o terminaría derrumbándome ante ti, con el miedo a verte, no poder tenerte y ni tan siquiera odiarte por estar demasiado preocupado intentando perdonarte, poniéndome una venda que tapase mis ojos para no ver algo para lo que ni tan siquiera necesitaba la vista, para no ver algo que tenía demasiado visto.

Una cosa que también echo de más, es fingir que me iba bien, que, después de todo, era feliz porque ni te necesitaba a ti ni a nadie como tú porque por no necesitar no me necesitaba ni yo mismo, porque en ese momento yo había dejado de ser yo para ser cada vez más tú. Un tú que ya a nadie gustaba, un tú del que realmente ya nadie esperaba nada.

Son tantas las cosas que echo de más que sería imposible plasmarlas todas, aunque debo reconocer que sí hay algo que de verdad echo de más, es echarte de menos.

@AngelLudena

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