Amor a primera vista.

El amor es un sentimiento. La vista, un sentido. Juntos forman eso que dicen que ocurre de vez en cuando. Eso que dicen que es “tan bonito”.

Todos hemos oído hablar alguna vez del amor a primera vista y somos muchos los que hemos escuchado a amigos y no tan amigos contar sus historias de amor con un “y nada más mirarnos, nos enamoramos”.

Desde un tiempo atrás he empezado a entender este concepto “tan complejo” y he podido resolver mis dudas hasta tener claro cómo es ese amor al que relacionan con la vista.

Podríamos decir que el amor a primera vista es eso que ocurre cuando estás de fiesta una noche, ves a alguien y te gusta físicamente. Observas un rato entre la oscuridad del local y te haces el interesante. Haces cómo que no miras y crees que cuela porque piensas que tú tienes mucha vista pero ese alguien es ciego y no se da cuenta de que te has girado más veces que el tiovivo de la feria. En uno de esos “sutiles” giros te pilla mirando. Te das la vuelta rápidamente y sigues con tu táctica de disimular. Vuelves la cabeza de nuevo para comprobar si sigue mirando y sí, ahí sigue. Te planteas qué hacer. Cómo reaccionar. ¿Le sigo la mirada o me hago el interesante un poco más?. Le sigues la mirada. Siempre se la sigues. Le sonríes. Te sonríe. Crees que te ha sonreído primero y aunque tu amiga de al lado te diga que no, tú sigues empeñado en que sí porque es lo que has visto y en este tipo de amor es la vista lo que cuenta.

Se te acerca o te acercas. Normalmente lo segundo. Pero sutil. Tan sutil como las trescientas miradas anteriores. Bailas cerca. Le rozas disimuladamente. Te pides la copa a su lado y esperas a que te hable. Si no te habla, que también es posible, hablas tú. El calor que hace dentro, lo caras que son las copas o el rollo que supone no poder fumar (la retirada del tabaco en las discotecas hizo un daño irreparable a la hora de ligar). Te sigue el juego y vais intimando. Un rato después piensas: “parece simpático/a” y digo parece porque aunque estáis hablando no te enteras demasiado al estar muy preocupado mirando ya que no podemos olvidarnos que es amor a primera vista. Vista, que no oído.

Crees que tenéis un montón de cosas en común porque oís la misma música, veis las mismas películas y leéis los mismos libros sin darte cuenta de que al preguntarte por la música has nombrado como favorito desde Bisbal hasta Madonna pasando por Vetusta Morla, Los Beatles, ACDC y Marisol, que al hablar de películas le has dicho que tus preferidas son las de Spielberg, Tarantino, Almodóvar o Santiago Segura y que hablando de literatura tu libro favorito también se encontraba entre los miles de ejemplares que forman parte de la Biblioteca Nacional, entre los que casualmente también estaba el suyo.

Está claro. Sois tal para cual. Sin duda es tu media naranja y decides dar un paso más. Un paso que sólo das con la persona correcta. Con alguien especial. Os acostáis, os liáis o simplemente os despedís, dependiendo del nivel de “soltura” de cada uno pero os dais los teléfonos. Eso siempre. Los teléfonos no pueden faltar.

A la mañana siguiente llamas a tus amigas contándoles lo genial que ha sido todo y ELLAS empiezan a hacerte preguntas, preguntas a las que no tienes respuesta. Te vas extrañando. Te planteas que igual no sabes tanto de ese alguien cómo pensabas y te apuntas en la cabeza una lista de preguntas para hacerle en esa segunda cita. Habéis quedado esa tarde. Te arreglas después de darle mil vueltas a todo.

Sales de tu casa dispuesto a comerte el mundo y bueno también a ese alguien. Llegas al lugar del encuentro y no está pero tarda poco en llegar. Al verlo/a, te sorprendes. No era exactamente como tú recordabas. Tiene los ojos pequeños, el pelo con un corte extraño y viste un poco raro. No pasa nada. Es amor a primera vista, pero tienes que escucharlo/a. Se sienta y empezáis a hablar. Preguntas esas cosas que tenías pendiente y te vas sorprendiendo a cada instante. Tiene unos gustos un pelín extraños. Oye música de cantantes con nombres indescifrables, esas películas que ve, ni te suenan y lee libros cuyos títulos parecen de todo menos interesantes. Decides que lo mejor es hablar de vuestras vidas porque es ahí donde todo serán coincidencias. La tuya te la sabes y le preguntas por la suya. Tiene una vida de película. De película de terror. Traumas infantiles, familias desestructuradas y relaciones conflictivas. Miedo. Sientes miedo.  Quieres huir y no sabes cómo. Sigue hablando pero no escuchas nada. Sólo piensas en largarte lo antes posible.

Finalmente, después de poner más excusas de las que tu madre escuchó en tu adolescencia, logras escapar de allí con un “sí, yo te llamo”. Es entonces cuando tienes esa extraña sensación de decepción mezclada con alivio. Decepción al ver que no es cómo creías y alivio de no tener que volver a cruzártelo/a jamás. Fin de la historia.

Un consejo: Si conoces a alguien y crees que es amor a primera vista… ¡Mira dos veces!.

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Ángel Ludeña.

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