Con los cinco sentidos.

Sus nombres se aprenden en el colegio. Su función no se enseña, porque su función se siente.

Los sentidos nacen con nosotros y mueren al mismo tiempo. Vista, oído, olfato, gusto y tacto. Hay quien dice que la vista son los ojos, el oído, las orejas, el olfato, la nariz, el gusto, la boca y el tacto, la piel.

Para muchos son cinco nombres. Para mí, cientos de sensaciones.

Al principio no los valoramos pero con el tiempo, con ese del que dice que todo lo pone en su sitio, te das cuenta de que lo que un día llamaste sentidos, ahora son más que necesidades.

Necesitamos la vista para ver, ese mar que año tras año mantiene su azul intacto, esa sonrisa que siempre buscaste, ese sol que sale cada mañana, esa lluvia que tantas cosas arrastra, esos ojos que nunca se olvidan, ese amigo que siempre está, esas fotos que guardan tantos recuerdos, esos textos que un día escribiste, esos libros que lees sin parar y esas lágrimas que buscan consuelo. Hay quien dice que para creer hay que ver y lo cierto es que yo cada vez que veo, más creo.

Necesitamos el oído para escuchar, esa voz que siempre te reconforta, esos consejos que recibes sin parar, esas olas que rompen en la orilla, esos niños que ríen sin descanso, ese llanto que compartido no es tanto, esa carcajada que siempre esperaste, esa guitarra cuyas cuerdas aún suenan, ese piano que hace vibrar, esa canción que te lleva a soñar y esas palabras que tanto necesitas. Quien hable de lo que duelen son las palabras es que aún no ha descubierto lo duro que resulta el silencio.

Necesitamos el olfato para oler, esa colonia que siempre usabas, esa comida de tu abuela que aún recuerdas, esa playa y ese mar, esa leña que cada invierno se quemaba en la chimenea, ese olor a casa, a tu casa, ese olor a madre, a tu madre, ese olor a bebé recién nacido al que quieres apretar los mofletes una y otra vez, ese olor a aire puro que sólo consigues en los picos más altos, ese olor a limpio que desprendes al salir de la ducha y ese olor a tierra mojada por una lluvia que necesitabas, ese olor a ÉL, ese olor a ELLA, ese olor sin el que nada sería lo mismo.

Necesitamos el gusto para saborear esa comida que nunca supiste preparar, ese sabor ácido que te hace estremecer, ese amargor que pronto se marcha, ese dulce que tantos recuerdos trae, esa bebida que siempre refresca, ese ron que tanto necesitas, ese café que cada mañana te despierta, esas pipas saladas que pelas sin parar, ese trozo de pizza después de una noche de fiesta, ese chocolate que parece llevarse las penas consigo y ese sabor que quieres repetir una y otra vez, ese saber que no es otro que a ti.

Necesitamos el tacto para sentir, para sentirte a ti, a mí, y a quien toque, para sentir esa mano que te coge, ese abrazo cuando más lo necesitas, esos labios que rozan los tuyos, esa brisa que notas en el orilla, esa abuela que te aprieta, ese amigo que siempre está, ese pelo que agarras sin parar, ese jersey que siempre abriga, esa manta que tanto bien hizo y ese cuerpo que se acerca sin intención de alejarse, ese cuerpo al que quieres amarrarte y del que jamás esperas despegarte.

Si tuviese que perder un sentido sería incapaz de elegir porque no hay peor castigo que vivir sin ver, sin oír, sin oler, sin saborear y sin sentir, porque son los que son y no me sobra ninguno pero tampoco me falta y es que después de sentir todo esto me pregunto, teniendo lo que tenemos, ¿quién necesita un sexto sentido?.

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Ángel Ludeña.

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