Sólo sexo.

Hay relaciones basadas en el amor. Hay historias que no son más que sexo.

Sexo con amor, buena actividad. Sólo sexo, el mejor deporte. Si tú buscas amor y la otra parte sexo, gran problema.

Un día conoces a alguien, alguien que te atrae, alguien que se convierte, como dijo un viejo amigo, en un imán para ti. Te gusta. Le gustas. Te atrae. Le atraes. Y caes. Siempre caes.

Mañanas tardías. Noches que nunca duermen. Ropa que no se quita. Ropa que se arranca y cae debajo de un viejo colchón del que aún suenan sus muelles. Camas que se deshacen a ritmo vertiginoso. Música que suena aunque nunca se oye. Palabras de más. A veces de menos. Lo que allí se dice, allí se queda. Cuerpos que se rozan sin miedo a desgastarse. Labios que se besan, se muerden, se atrapan y casi nunca se liberan. La respiración se acelera. No hablas tú sino tu boca. Subes al infinito. Bajas al subsuelo. No piensas en nada. Sólo sientes. Haces, te hacen, te dejas hacer. Calor sofocante. Brazos que te aprietan. Tirones del pelo. Empujones que pretenden derribar esa vieja pared, esa que se mueve pero nunca se cae. Golpe improvisado contra esa impresora que poco utilizaste. Sube la velocidad. Sube la temperatura aún más. Gritos en silencio, o tal vez no. Músculos que se contraen. Otros que se liberan. Cuerpos que se relajan aun cuando todavía se oyen suspiros. Te dejas caer. Se termina la fiesta.

Un día tras otro. Siempre de tarde, o tal vez de noche. Es un secreto o un simple pacto. Sólo de dos. De dos que buscan lo mismo. Sólo sexo. Los días pasan y la vida también. Las cosas no siempre cambian pero a veces, sí, casi siempre, sí. Ya no esperas un mensaje con una hora y un lugar, no esperas que se marche al terminar. Pero sí, ocurre, te llega, ese mensaje, esa hora, ese lugar y siempre, siempre se marcha al terminar. Lo intentas asumir, entender o aceptar, intentas pasar. Te lo repites una y mil veces: Recuerda, sólo sexo. Y un día, te das cuenta de que lo que tienes no es lo que necesitas, que lo que te aporta, ya no es suficiente. Te queda la esperanza porque, como siempre dicen, es lo último que se pierde. No quieres verlo, prefieres no pensarlo, por eso tapas tus ojos, esos que tanto han visto y que tanto miedo tienen a dejar de ver, aún cuando lo que ven, les parece insuficiente.

Una de tantas veladas termina de forma diferente. Todo es mecánico. La función continúa sin sobresaltos y termina, como siempre, termina. Un reloj que se mira, alguien quiere saber la hora. Y no, ese alguien no eres tú. Palabras que se dicen y tal vez sobran. Te invita pero no a una copa, sino a marcharte. Como la educación es lo primero, se ofrece a acompañarte. Recoges la ropa de ese suelo que no sabes si volverás a pisar. Te levantas de esa cama que tal vez nunca más deshagas. Sales por esa puerta que quizá no vuelvas a atravesar. No hablas. No dices nada. Tu cabeza no para de dar vueltas. Miras esos ojos de los que tanto esperaste, esos que se derritieron mirándote y sólo escuchas algo: ¿qué te pasa?. La respuesta siempre es la misma: nada. Se te olvida algo, se te olvida decir algo que nunca dices, se te olvida contarle que tú ya no quieres sexo, que hace mucho que no buscas eso.

Despedidas difíciles. Promesas que jamás se rompieron. Nunca mintió. El problema lo tiene quién sintió amor por alguien que buscaba sexo. Sólo sexo.

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Ángel Ludeña.

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2 pensamientos en “Sólo sexo.

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