Ese fue tu final.

Es tan tarde que prefiero no mirar la hora. No hace mucho que he llegado, es más, pocos minutos antes estaba aparcando el coche dos calles más abajo, apagando la radio y silenciando con ella, esas canciones que me recuerdan cosas que aún hoy trato de olvidar.

Hace algún tiempo que se terminó esa historia, que se puso fin a eso que muy pocos sabían qué era, porque tal vez ni tan siquiera yo lo supiera. Lo he recordado, he recordado ese final y me he dado cuenta de que ese cierre fue el suyo, no el mío, no el que yo habría elegido. Todas las historias que empiezan algún día acaban. Esa quizá terminara demasiado pronto, o tal vez, demasiado tarde, creo que ni tan siquiera a eso responderíamos lo mismo.

Ese día lo recuerdo bien, terriblemente bien. Ese día que tanto temía que llegase, y que llegó. Siempre, lo mismo. Toda la vida buscando la felicidad y, una vez la tenemos, nunca la disfrutamos porque surge el miedo, el miedo a que después de todo, esa felicidad igual que apareció, se marche. Ese día me tocó descubrir muchas cosas, algunas que aún hoy no he asumido.

No fue justo para mí. No fue justo que decidiese por mí, que decidiese cómo, cuándo, dónde y por qué, si es que acaso necesitaba un por qué para acabar con esa historia y sí, también un poco conmigo. No era el sitio, no era el momento, no fueron las formas correctas, al menos no para mí. Nunca creí en la amistad después de una historia de amor pero esa vez me lo habría planteado y tal vez, muy posiblemente, lo habría intentado, aunque sé que no lo habría conseguido. Ahora ya no, ahora me niego a intentarlo porque no se lo merece y porque probablemente ni tan siquiera le interese.

Hay muchas formas de acabar con las cosas, muchas formas de poner el punto y final a una historia. Por mucho que nos pese, en el amor, los inicios los deciden dos, y los finales, en cambio, sólo uno y, mientras que en los primeros está casi todo permitido, en los cierres es diferente. Cuando acabar con la historia, lo puedes decidir sólo tú, pero las formas de cerrarla no. No cuando han habido sentimientos de por medio, no cuando se han compartido tantas cosas, no cuando eres consciente de lo que vas a hacer, porque aún terminando, hay que hacerlo bien, de la forma que menos daño se haga, por que tal vez sea el daño lo que justamente sobraba. No es cuestión de bondad, sino de humanidad, una humanidad que a más de uno le faltó y que puede que aún le falte. Por todo eso ha llegado el momento de tomar una decisión.

Nunca hablaré del tiempo con quién antes compartí sentimientos. Nunca saludaré con la mano a quien tantas veces se la agarré. Nunca besaré en la cara a quien antes besé en los labios.

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Ángel Ludeña.

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