Segundas oportunidades.

Después de un tiempo y unas cuantas experiencias me he dado cuenta de que la vida se reduce a segundas oportunidades.

Hay quien dice que “segundas partes nunca fueron buenas” pero lo cierto es que si tuviésemos que quedarnos con las primeras veces de las cosas, no tendría yo muy claro que compensase eso de levantarse cada mañana y enfrentarse al mundo. Me gustan las segundas oportunidades, es más, creo que son justas y muy necesarias, y queramos o no, es absurdo negar que vivimos rodeados de ellas, porque todos las pedimos y porque todos, antes o después, terminamos concediéndolas.

Es por ello, por lo que siempre defenderé las segundas oportunidades en casi todo, y digo casi, porque hay algo en lo que no, hay algo en lo que he comprobado que no valen las segundas partes, y ese algo es el amor.

Lo intentamos mil veces. Lo comprobamos mil y una y aun así, lo seguimos intentando. El amor es la droga que antes se gasta. Su efecto, en cambio, es el que más dura. Las segundas oportunidades siguen un esquema simple, al menos en la teoría. Empiezan con un error, con un fallo que hace que de repente todo cambie, que de repente todo cambie a peor. Alguien se equivoca y como cualquier equivocación, tiene sus consecuencias. Llantos, tristeza, decepción y un sin fin de palabras que escritas parecen fáciles pero vividas son de todo menos recomendables, acompañan a este error, un error que siempre proviene de una de las partes, esa parte que probablemente, antes o después, pida una segunda oportunidad.

Te lo piensas. Es inevitable. Le das vueltas, miles de vueltas y te planteas cientos de cosas. Comparas los momentos buenos con los malos, para ver si compensa. Intentas adelantarte al futuro para saber si te lo volverá a hacer o si te la jugará de nuevo. Pides consejo a todos pero no escuchas a ninguno. Vuelves a los pros y a los contras para finalmente tomar una decisión, una decisión que no es más que el resultado de una lucha entre la razón y el corazón.

Mi abuela siempre decía una frase que ahora me viene a la cabeza: “amores que ya has tenido, no los vuelvas a tener, por muy buenos que hayan sido” y si lo decía mi abuela es porque debía ser así porque ella equivocarse, casi nunca se equivocaba y porque mi abuela en el amor, algunas vueltas nos daba.

Perdonar es fácil, olvidar, casi imposible. Puedes intentarlo y tal vez, incluso llegar a conseguirlo, pero es difícil, quizá demasiado. Una vez se pierde la confianza, volver a encontrarla no es nada fácil. El miedo a que te la vuelva a jugar estará siempre. Los reproches serán continuados. Harás una montaña de un grano de arena. Te pasarás los días buscando una ilusión que ya no tienes. Te darás cuenta de que lo que antes te parecían virtudes, ahora no son más que defectos y lo más triste es que te creerás con derecho a todo a cambio de aquella segunda oportunidad que le diste, convirtiendo lo que en su momento fue un regalo en el peor de los castigos.

No seré yo quien juzgue a nadie. No seré yo quien diga cual es la decisión correcta porque si hay algo que siempre he tenido claro es que el amor es cosa de dos, de dos que deben decidir por sí mismos los “qué”, los “cómo” y los “cuando” de su relación, aunque que hay algo que innegable y es que, cómo siempre dice una buena amiga, “estampita repetida, no completa el álbum”.

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Ángel Ludeña.

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