Madres.

De nuevo es tarde. Haga lo que haga, siempre termino escribiendo tarde.

No me encuentro bien, ni ahora, ni durante todo el día. Tengo fiebre, probablemente más de la que marque ese aparato pequeño y molesto al que algunos llaman termómetro, ese aparato que no necesito para saber algo que ya me dice el brillo que se ha instalado en mis ojos. Es por eso por lo que he estado dándole vueltas a si escribiría esta noche o no, hasta que me he dado cuenta de que lo necesitaba, de que había algo en este blog que faltaba, y es que aún no había hablado nada de esas mujeres que para mí lo son todo, de esas mujeres que para vosotros estoy seguro de que también. Y es que nunca había escrito de las madres.

Siempre he pensado que madres son las mujeres que un día decidieron dejar de vivir para ellas y empezar a vivir para nosotros. Esas mujeres que darían toda su vida porque disfrutásemos un sólo segundo más de la nuestra. Esas mujeres con las que nos pasamos el día discutiendo y sin las que nos sería muy difícil seguir viviendo. Definirlas es muy fácil, serlo, una tarea tremendamente complicada.

Su trabajo empieza pronto porque son las primeras que están con nosotros, cuando ni tan siquiera nosotros, somos nosotros, sino una célula minúscula que se pasea sin preocupación alguna por una barriga que no deja de crecer. Ven cómo llegamos al mundo, a un mundo en el que nos quieren tener y que a su vez, no dejan de  temer. De pequeños tienen que cuidarnos y protegernos de todo y de todos. De mayores, lo siguen intentando y casi siempre consiguiendo, porque pasan de secar las lágrimas producidas por el miedo a un ser llamado “coco”, a quitarnos las que vienen después de esa ruptura que crees que nunca superarás, de ese termómetro que marca más grados de los que se pueden pensar y de un suspenso en esa asignatura que no te deja respirar.

Ellas siempre nos tienen presentes. Nosotros a ellas, también, pero aunque suene totalmente egoísta, seamos realistas, cuando más nos acordamos es cuando de verdad las necesitamos. Si tenemos problemas, las llamamos. Si somos felices, igual nos olvidamos.

Nuestras madres no necesitan saber con quién nos hemos liado, rozado o acostado, pero siempre se terminan enterando de cuando nos han dejado. Nunca saben a qué hora nos hemos ido a dormir pero sí por qué ese día tan difícil no tienes fuerzas para levantarte y sobrevivir. No les contamos cuando la cartera se llena pero sí que se enteran en el momento en que se vacía. Nunca les explicamos por qué reímos pero siempre estarán al tanto del motivo por el que lloramos. ¿Cuántas veces las hemos llamado para decirles “mamá, estoy genial” y cuántas para contarles “hoy no he parado de llorar”? El resultado es tan claro que ni tan siquiera lo aclaro.

Cuando las tenemos cerca, apenas las valoramos. Cuando nos alejamos, nos damos cuenta de lo que las necesitamos. De lo que necesitamos esa mano que siempre sujeta, ese abrazo que tanto aprieta, ese beso en la frente que siempre relaja y esa sonrisa que nunca falta. Ese consejo que parecemos no escuchar y que siempre terminamos por recordar, esa comida que no paramos de rechazar y que ahora nos encantaría poder saborear y ese silencio que sólo ellas saben interpretar. Porque una madre no necesita palabras. Porque nadie como ellas para interpretar los silencios. Les basta con una mirada o con el tono de una charla para saber lo que te ocurre, para saberlo antes de lo que jamás esperaste, para saberlo cuando quizá ni tan siquiera tú hayas logrado comprenderlo. Algunos lo llaman sexto sentido. Yo, sentido de madre, y es que sentir, nadie siente como una madre.

Son muchas las veces que he oído decir que las madres pueden ser mejores amigas. No sólo creo que eso sea mentira, sino que además me parece completamente absurdo. Igual que una amiga nunca será una madre, una madre tampoco será una amiga. Y es que, nos guste o no, a las amigas les cuentas cosas que una madre no debe saber, y a una madre le dices otras que tus amigas nunca alcanzarán a comprender, porque hay algo que no debemos olvidar, amigas, tenemos muchas pero madre, sólo una, única y por supuesto, totalmente insustituible.

Todos queremos a nuestras madres pero, ¿cuántos realmente se lo decimos? Siempre he creído que hay veces en las que no nos basta con saber las cosas, porque hay veces en las que necesitamos que nos las digan. Es por eso por lo que me he preguntado: Si ellas nos dedican su mundo entero, ¿por qué no sacamos un segundo para decirles un “te quiero”?

Te quiero, mamá.

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Ángel Ludeña.

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