¿Estudias o trabajas?

Todos ligamos. O al menos lo intentamos. Si hay algo en lo que siempre nos hemos considerado pioneros, ingeniosos y completamente infalibles, es en el arte de conquistar.

Después de ligar, ser ligado, rechazar, ser rechazado y de ignorar y ser ignorado, he descubierto que cuando se trata de conquistar, diferentes, lo que se dice diferentes, tampoco lo somos tanto.

Toda historia que se precie empieza conociendo a alguien. Ya sea el resultado de una presentación pactada por parte de un amigo de ambos o un “mírame y te miraré” en cualquier lugar de nombre desconocido, la clave está en hacerse el interesante, o al menos intentarlo. Unas cuantas miradas “sutiles”, alguna que otra llamada “misteriosa”, jugar un rato al despiste con el ¿estaré con alguien o no?, responder “ingeniosamente” al topicazo de ¿estudias o trabajas? y un sin fin de “sutilezas” que dejan de serlo (si es que alguna vez lo fueron) cuando las cervezas, el ron o los gintonic (que hay gente muy fina), empiezan a hacer sus primeros efectos, dan inicio a la historia. Después de ese primer encuentro terminas siempre en una cama, dependiendo de la ligereza de cada cual, solo o en compañía.

Las horas posteriores son claves. ¿Me llama o llamo? Duda eterna. Toca hacerse el duro. Si no te llama, hay que actuar rápido. Lo piensas y le das vueltas mientras buscas cualquier excusa para hablarle tú. Automáticamente se te ocurre esa “gran idea”, ese gran inicio de la conversación. Un “no encuentro algo y no sé si lo habrás visto” suele ser el favorito de casi todos. Si te habla, en cambio, tu actuación puede esperar, pero el tiempo justo. No le contestas rápido para que no crea que estás demasiado disponible,  ni tardas demasiado para que no piense que pasas de su cara. Un tiempo mal medido puede convertirse en un error fatal. Tenlo en cuenta.

Si te pide una segunda cita, has tenido suerte. Si te contesta con algo equivalente a “nos vemos ya si eso”, mal vamos. Pongámonos en lo peor. Os toca “veros ya si eso” y tu máxima prioridad es cambiar esa frase por un sí rotundo. Te arreglas hasta el punto de dejar Cibeles a tu lado con aspecto de mercadillo cutre y te haces más kilómetros que en el Tour de Francia hasta que obtienes resultados. En el rincón más escondido del local más alejado, os encontráis “casualmente”.

Ese encuentro, de todo menos repentino, debe parecer totalmente imprevisto. Evitas mirar a su zona pero miras más que nunca. Si no reacciona hay que pasar a la acción. Coges el móvil y te paseas por delante en un claro “no veo a nadie y no tengo ni idea de que estás a medio metro”. En caso de que vaya hacia ti, finges sorpresa y ningún interés para poco después soltar un “¿pero que haces tú aquí?”. Si no se acerca hay que endurecer las técnicas, acercándote tú y buscando nuevamente una excusa. Las hay de todo tipo, desde el típico: ¿pero qué haces aquí, me estás persiguiendo? hasta inventarte un corte de pelo para  tocárselo diciendo un “anda, te has cortado el pelo, estás monísimo/a”. ¿Esta última no te suena, verdad? A mí sí, pero es que mis amigas siempre han sido muy originales.

Esa segunda cita es diferente. Al principio mantienes posiciones pero si ves que no reacciona y la noche huele a acabarse, decides que, después de tanto esfuerzo, no queda otra que dejar atrás el momento “soy muy digno” y pasar a la acción.

Si te responde bien, fenomenal porque puede que tiempo después acabes contándole todas las chorradas que hiciste en los inicios de la historia, mientras paseáis juntos de la mano. Si te responde demasiado bien, deja de interesarte porque automáticamente piensas que no es más que un/a desesperado/a. Si te responde mal, terminas pasando a la vez que intentas disimular tu interés previo y alejarte a toda prisa. Si te responde muy mal, acabas diciendo totalmente indignado: ¿pero qué se cree, se pensará que voy a ir detrás?. Y no es que se lo piense, es que ya lo has ido, pero un fallo lo tiene cualquiera, tampoco pasa nada.

Las personas son diferentes. Las situaciones cambian. Las reacciones, queramos o no, siempre se repiten y es que si hay algo que tengo cada vez más claro es que a la hora de ligar, no solemos innovar.

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Ángel Ludeña.

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