Historia de una guerra.

Hace un tiempo descubrí que para formar parte de una guerra no necesitamos ni un territorio que conquistar ni un séquito de hombres con traje militar.

Tan sólo una decisión, un capricho o cualquier apuesta absurda pueden dar inicio a una batalla, puede que quizá a la batalla más difícil. Aunque de primeras os resulte extraño, casi todos, por no decir todos, hemos formado parte de guerras, ya fueran nuestras o de alguien cercano a nosotros, alguien que de algún modo nos obligaba a unirnos a ella.

Yo una vez entré en guerra. De principio a final. Porque todas las batallas tienen un inicio, y porque todas, nos guste o no, acaban con un final.

Como toda guerra empezó con estrategias, con miles de planes y con mil y una ideas, a cual más descabellada. Necesité un ejército y lo tuve, porque mi ejército fueron ELLAS. Usé armas, las más eficaces, gracias a las que descubrí que nadie necesita pistolas si puede atacar con palabras. Como no podía haber conflicto sin enemigos, los tuvimos, claro que los tuvimos, y como no existía guerra sin premio, lo buscamos hasta encontrarlo, hasta encontrar un premio por el que todos estábamos dispuestos a todo.

Como en toda guerra, empezamos con fuerza sin medir las consecuencias. Tomamos posiciones y fijamos objetivos. Nos lanzamos a la batalla y comenzamos a pelear. El tiempo fue pasando y la guerra, pesando. El cansancio se notaba. La desgana iba en aumento pero a pesar de todo, ahí seguimos, porque como decían los grandes conquistadores, en la perseverancia estaba la clave del éxito.

A mitad de la batalla llegó un momento en el que ya no sabíamos porqué luchábamos pero aún así peleábamos, peleábamos mientras veíamos como el premio perdía interés, un interés que ganaba la idea de derrotar a nuestros enemigos.

Como en toda guerra llegaron momentos difíciles. No faltaron lágrimas, decepciones, traiciones, ataques, caídas y remontadas. Pasamos la mitad del tiempo ganando. La otra mitad, perdiendo. Cuando perdíamos luchábamos. Cuando ganábamos ni tan siquiera lo disfrutábamos por miedo a los contraataques y es que, aunque en nuestra guerra no había muertos, teníamos corazones a los que, a ratos, no les habría importado dejar de latir

Finalmente, entramos en campo de batalla, luchamos con fuerza y nos llevamos el premio. Habíamos derribado al enemigo y teníamos el trofeo en nuestras manos. La guerra se acababa pero sus consecuencias aún pesaban. Nos habíamos pasado meses peleando y después de todo ni tan siquiera estábamos disfrutando.

Uno de aquellos días ocurrió, incumplimos una norma básica, la norma fundamental. Nos confiamos. Nos retiramos demasiado rápido y contraatacaron. Tan sólo necesitaron unas horas para darle la vuelta a todo, para llevarse el premio de nuevo, un premio que a diferencia de otras guerras, hablaba, andaba, sentía, tocaba, pensaba y lo más importante, decidía. Hasta entonces eso no nos lo habíamos planteado, porque ni tan siquiera lo habíamos pensado.

La guerra acabó. Acabó cuando nos dimos cuenta de que habíamos perdido, de que habíamos perdido algo que, en realidad, nunca nos había pertenecido. El problema vino después, cuando descubrimos que no sólo nos quedábamos sin el premio sino que además a lo largo de la batalla, habíamos perdido a amigos que, finalizada la guerra, dejaron de serlo, la confianza en muchos de ellos y en nosotros mismos, esa inocencia que a veces tanto se necesita y la paz, una paz que no paramos de buscar mientras no dejábamos de pelear.

Fue entonces cuando me di cuenta, fue entonces cuando descubrí que no hay guerra buena y que en todas y cada una de ellas, no es el tiempo lo único que se pierde.

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Ángel Ludeña.

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