En deuda contigo.

Apareciste en el momento perfecto. Fuiste quien rompió el cordón de salida de esa carrera a la que llaman amor. Dicen que las primeras historias siempre se recuerdan y aunque nunca fui amigo de los dichos, en esta ocasión, me es imposible no reconocer que formaste parte de mi vida y que no me arrepiento de ello.

Tal vez no sea justo sacar esto ahora, no después de tanto tiempo, no cuando ni tan siquiera sé cómo estás en estos momentos. Tampoco sé para quién lo escribo, supongo que para mí, porque no creo que sepas que tengo un blog, porque no creo que sepas absolutamente nada, y lo entiendo, claro que lo entiendo.

Cuando llegaste a mi vida nada era cómo debía ser. Viniste y sin darte cuenta lo pusiste todo patas arriba. Me diste valentía, fuerza y coraje para enfrentarme al mundo y a quien se negara a que disfrutase de él, a ese mundo que me comí demasiado rápido, a ese mundo que empecé a descubrir gracias a ti.

Aún recuerdo cómo empezó todo. Esa noche en la que hablamos por primera vez. Podría decir incluso la canción que sonaba en aquel momento. Sólo quiero bailar de ese grupo llamado Zentric, de ese grupo del que ninguna otra canción volví a escuchar. Recuerdo detalle a detalle cómo nos conocimos. Recuerdo que estaba con ella, alguien que ya apenas tiene hueco en mi vida. También estaba él, alguien de quién no recuerdo su nombre, es más ni siquiera creo que ella lo recuerde. Timidez, risas y charlas, largas charlas. No tardamos en irnos, pero tampoco en volver a encontrarnos.

Sin darnos cuenta empezó todo. Más rápido de lo que podíamos controlar. Pisaba tu casa más que la mía. Hablaba de ti más que de mí. Las noches, pensaba en ti. Los días, los pasaba contigo. Paseamos por aquellas calles llenas de gente, hablamos de todo y de nada, reímos sin parar. Lloré contigo y por ti. Lloré conmigo y sin ti. Me enfadé sin motivo decenas de veces, tú, creo que ninguna. Me intentaste pillar el ritmo, un ritmo que ni siquiera yo pillaba. Hice de tu habitación la mía, y deshice la cama junto a ti, deshice una cama por primera vez en compañía. Todo ello con la lluvia de banda sonora, pero no la lluvia esa que cae del cielo sino aquella que hablaba de los tejados donde fuimos más que amigos.

Creía que te quería. Intentaba quererte. Iba con quién no debía. Jugaba contigo y conmigo mismo. Me escuchabas, me protegías y me aguantabas, algo que nunca fue tarea fácil. Todo con una sonrisa. Todo con esa sonrisa que aún a veces busco más arriba.

Aunque lo dijiste tú, esa historia la rompí yo. Esa historia se acabó por mi culpa. Me acerqué a quién no debía, me creí mejor de lo que parecía y caí donde sabía que caería. Donde tú también lo sabías. Todavía me pesa aquella última conversación, aquella en la que todo terminaba y yo ni tan siquiera me inmutaba. Te leía, te entendía y, aunque no me reía, tampoco lloraba. Fue mucho el tiempo que la culpé a ella. Por hablar más de la cuenta, por traicionarme y contarte algo que yo mismo te habría contado. Creo que estaba planeado, que ella en el fondo sabía lo que hacía. Quería acabar con eso y lo consiguió pero no fue su culpa, porque si yo te hubiese querido, nunca lo hubiese permitido.

Se acabó la historia y con ella el control. Te acabaste tú y empezó mi descontrol. Olvidé ser yo, o tal vez, fui más yo que nunca. Ni una sola vez me preguntaba si estarías bien, si después de todo te habrías dado cuenta de que yo no merecía la pena, de que realmente nunca la merecí, por mucho que tú te empeñases en negarlo.

Durante mucho tiempo te tuve miedo, tuve miedo de encontrarte, de encontrar a alguien que lo único que había hecho con el miedo había sido sacarlo de mi vida, alejarlo de mí tanto como fuera necesario para que nunca pudiese volver, para que nunca me encontrase.

Ahora, después de todo, me arrepiento. No de estar contigo. No de que aquella historia se terminara. Me arrepiento de que acabara así. Era un niño, o más que un niño, no era más que un niñato que aún no tenía en el DNI ese 8 que tantas puertas decían que abría, ese que nunca necesité para tenerlas abiertas. Podría echarle la culpa a eso, pero no, el único culpable fue mi corazón, ese que tanto cariño te tuvo, ese que se olvidó demasiado pronto de ti. Te quise querer, o al menos eso creo. Ahora, después de tanto tiempo, habría querido quererte, aunque sé que como en aquel momento tampoco lo habría conseguido. Si me preguntasen por alguien perfecto, ese nombre sería el tuyo pero por mucho que quiera, mi corazón en temas de amor, nunca escucha a mi cabeza, aunque lo intenta, me jura que lo intenta.

No sé qué sientes ahora por mí, ni tan siquiera si sientes algo. Tal vez me odies o me detestes. Lo entendería. Probablemente si la historia hubiese sido al contrario yo sí que te odiaría. Aunque durante mucho tiempo no me acordé de ti, desde no hace tanto apareces de vez en cuando en mis recuerdos, unos recuerdos que me obligan a pedirte perdón las veces que haga falta.

Contigo todo lo que me pasó fue bueno, sin ti, es mejor no pensarlo. Han sido muchas las veces que he querido volver a hablarte, saber de ti y contarte de mí, pero sé que no debo, sé que en el fondo tampoco puedo, por eso, aún sabiendo que no leerás esto nunca quiero que sepas que después de todo sólo puedo decirte algo, siempre estaré en deuda contigo, porque aún siento que estoy en deuda conmigo.

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Ángel Ludeña.

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