Cuestión de clases.

Dicen que todo lo bueno se acaba y las vacaciones, no son una excepción, porque son de lo bueno, lo mejor.

Después de unos cuantos meses en los que los únicos libros que tocamos son los que se conocen como “lectura por placer”, o lo que es lo mismo, los que nos leemos porque nos gustan, llega un momento en el que te das cuenta de que toca volver, y si no te das cuenta tú solo, se encargarán de recordártelo.

Acabar las vacaciones es difícil, empezar el curso, bastante complicado. Toca decir adiós a las noches que siempre fueron jóvenes, a las salidas que superaron a las entradas, al calor que rara vez bajaba, a los días sin hacer nada en los que acababas haciendo de todo, a levantarte a esas horas a las que los madrugones les quedaban tan lejanos, a cambiar al despertador por un beso de buenos días, a las fiestas aquí y allá, a los viajes sin ton ni son, y a las historias de amor o no, sin gran repercusión de los que guardas alguna que otra ilusión.

El curso empieza y tienes que saludar, porque, aunque lo quieras evitar, no logras escapar. Toca decir hola otra vez, a levantarte a esas horas a las que antes te acostaste, a no desayunar por apurar un minuto más entre unas sábanas que se niegan a abandonarte, a pasar interminables horas en clase escuchando cientos de palabras que pasas de entender mientras no separas la vista del reloj, a miradas de más, a miradas de menos, y a miradas que sobran o que tal vez faltan, a la amistad por interés o a la falta de él, a que hablen de ti sin conocerte y que ni tan siquiera lo intenten, a hacer como que estudias, a las prisas, a los horarios, los exámenes, los trabajos que nunca se acaban, los libros, sí, “esos” libros, al frío que siempre se supera y a rechazar esa fiesta que sabes que en algún sitio espera.

Durante el verano, son muchas las cosas que olvidamos, tal vez demasiadas, aunque con el inicio del curso toca recordar que tenemos otras a las que volver a saludar. Toca decir hola a esas amigas a las que verás de nuevo a diario, a esas risas que nunca faltan, a esos cafés que no son más que una excusa para salir de una clase en la que, a ratos, sobramos, a pasar horas y horas hablando de todo y de todos, a preparar trabajos que empiezan con desgana y acaban con una fiesta perfectamente programada, a conocer gente que quiere conocernos y a pasar de esos que no quieren ni vernos, a defender lo indefendible, a creernos lo increíble, a salir los jueves, los viernes y también los sábados porque si no es fin de semana, será porque nos da la gana, a intentar enamorarnos y quizá a conseguirlo, a tener siempre a alguien listo para abrazarte, para escucharte, para quererte y para darte la razón aun cuando sabe que no la tienes, a contarnos secretos que dejan de serlo, a recuperar viejas ilusiones o quizá a encontrar nuevas, a lograr ser felices, o al menos, a intentarlo mientras nos olvidamos del mundo para volver a recordarlo y también a disfrutarlo, para volver estar juntos, juntos para todo, juntos ante todo y es que juntos se puede con todo.

Las vacaciones nos encantan. El curso, también y aunque a veces se nos olvide, tenemos que aceptarlo y comprenderlo tal y como es, centrándonos en esos motivos por los que merece le pena y olvidando esos que a veces nos pesan,  porque al fin y al cabo, lo bueno siempre compensa.

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Ángel Ludeña.

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