Ya me voy yo.

Hay veces en la vida en las que te das cuenta de que ha pasado tu momento, de que pasó vuestro momento.

Son muchas las parejas que rompen. Puede que quizá demasiadas y es que tal vez muchas de ellas nunca hubiesen debido empezar, o quizá lo que no hubiesen tenido es que terminar, al menos no así. Una vez dije que los inicios de las relaciones se deciden entre dos, que los finales, queramos o no, los elige sólo uno, uno que emplea las palabras mágicas que ponen fin a vuestra historia. Siempre pensé que esto era así, siempre hasta ahora, cuando he comprobado que hay veces en las que ni tan siquiera hace falta que te digan “se acabó”, porque te basta con que te lo demuestren.

Una buena amiga me dijo una vez que no hay nada más difícil que ver que la persona de la que estás completamente enamorado, ya no siente nada por ti, ya no quiere estar contigo. Escucharlo es complicado, asumirlo, demasiado.

Puedes creer que todo está genial, que las cosas van según lo previsto, que los miles de planes que tenéis en común siguen su curso, puedes creer eso y mucho más, hasta que ocurre algo que lo cambia todo. No suele ser una sola cosa, sino una suma de ellas. Un día no recibes ese mensaje de “buenos días” que siempre te escribía. Al siguiente, crees que te mira diferente, o quizá lo que ocurre es que no te mira, al menos no tanto como antes. Poco después, notas que compartís cada vez menos, que os alejáis cada vez más, que esperas compañía en una cama que  está de nuevo vacía, que buscas una mano que te agarre y sólo tienes la tuya, que tienes un problema y no tienes quien te escuche y que tienes una alegría y no está para contárselo.

Intentas pasar, darle un tiempo para recapacitar y reaccionar con el fin de evitar un final que notas que se acerca, un final que tú no quieres ver tan cerca. Intentas cambiar, mejorar tus fallos, potenciar tus virtudes, recordarle todas aquellas cosas de ti que tanto le gustaban, todas aquellas que a pasos agigantados, notas que olvidaba. Buscas excusas, miles de justificaciones, cientos de disculpas, incluso tú, terminas asumiendo toda la culpa. Mientras tanto, el silencio toma vida propia, el silencio machaca tus oídos con esa ausencia de palabras, con la falta de esas que tanto necesitas.

Llega un día, antes o después, en el que te das cuenta, en el que descubres que no necesitas que te diga algo que ya sabes, que no necesites que acabe con una relación que lleva tiempo acabada. Es entonces cuando lo ves, cuando ves que no te quiere, que no te necesita y que ya ni siquiera te hace falta su confirmación, que te diga su opinión, que te informe de su decisión, una decisión que está completamente clara, una decisión que está tomada desde antes de que tú te la plantearas. No puedes hacer nada, no puedes obligar a nadie a que te quiera, a que sienta por ti lo mismo que sientes tú, puede que sea injusto, pero si hay algo que está claro es que la vida será muchas cosas, pero nadie dijo que fuera justa.

Te toca a ti, tienes que decir esas palabras que tanto quiere oír, esas que no se atreve a pedir. No te queda otra, no te queda otra que soltarlas, sin mucho pensarlas, sin darle opción a que te eche, a que te eche de su vida, una vida de la que ya no formas parte, y es por eso, por lo que ante eso, la mejor opción: “ya me voy yo”.

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Ángel Ludeña.

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