Diez razones para odiarme.

Durante un tiempo pensé que me querías o que, al menos, algo sentías pero ahora he descubierto lo que te ocurre, gracias a todas y cada una de tus acciones, he comprobado cómo en realidad tan solo me odias.

No te faltan motivos, o quizá sea justamente eso lo que te falta, motivos para explicarme el por qué de lo que sientes, el por qué de ese odio que cuando se trata de mí sigues teniendo tan presente. Te entiendo, después de todo o puede que de nada, ni siquiera sé ya como valorar lo que pasó, me he dado cuenta de cuales son las diez razones que hacen que me odies, que me detestes, que seas tú quien me desprecie.

Me odias por empezar una historia contigo sin pedir permiso a nadie, sin miedo a arriesgarme, sin temor a perder una guerra que yo mismo comencé, por alejarme de todos para acercarnos un poco más, por dejar a un lado a mis amigos, a mi familia y a mí mismo, por enfrentarme al mundo por ti, a un mundo que intenté superar mientras veía como era a mí a quien me superaba.

Me odias por olvidar que no era el único que iba detrás de ti, el único al que dedicabas tu tiempo, tu interés y tus palabras, por  ser capaz de distanciarme de todo por dar contigo un paso más, uno hacia ningún sitio, algo que si era a tu lado, poco me preocupaba.

Me odias por perdonarte cosas que pocos te hubiesen perdonado, por olvidar cada decepción, aquella gran traición, millones de mentiras, por confiar en ti cuando ni tú mismo lo hacías, por creer cosas que nadie creía, por defender lo indefendible, por vender ante todos una historia de amor, en la que el amor era lo que más en falta echaba.

Me odias por esperar a que te decidieras, por convertirme en una segunda opción, o quizá una tercera, una cuarta, o una quinta,  por estar contigo siempre que quisiste, por conformarme con el tiempo que me dedicabas, por dejar que fueses tú quien decidiese el qué, el cómo y el cuando de tu vida y también de la mía, por abandonar a la razón y centrarme en lo que decía mi corazón.

Me odias porque fuiste tú quien me dejaste, porque yo ni tan siquiera te culpe de aquello, porque no te grite, ni te insulte ni tan siquiera me quejé, porque busque culpables para no culparte a ti, porque no asumí mi derrota y seguí peleando cuando ya no querías que lo hiciera.

Me odias por no querer ser tu amigo después de haber tenido aquello que un día tuvimos, por esconderme para llorar, por evitar que me vieras mal impidiendo que te enterases de que ni hablaba, ni reía, ni apenas vivía mientras veía como tú te exhibías con tu nueva adquisición, con una que era de todo menos nueva.

Me odias por ser capaz de verte y no llorar, de tenerte enfrente en un encuentro casual y saludarte con una sonrisa, por fingir que todo me iba bien, que había superado aquello, que ni tan siquiera me acordaba de algo por lo no paraba de llorar, por lo que no había dejado de sufrir y de arrepentirme mientras buscaba excusas para ti aunque fuesen para culparme a mí.

Me odias por impedir que te criticasen, que hablasen mal de ti, por defenderte ante ELLAS, ante el mundo y también ante mí mismo, por tener todo lo que tú siempre quisiste, por tenerlo todo y sentir que me quedaba sin nada porque eras sólo tú a quien en realidad necesitaba, por darte explicaciones que todavía me pedías, por justificar cada foto nueva que veías, por responderte a las preguntas sobre quienes eran los que allí salían, por evitar hacer cualquier cosa que te molestase, algo que pudiese enfadarte, algo que después de todo hiciese que me odiases.

Me odias por dejar de hablarte, porque después de mucho llorando decidí que era momento de olvidarte, intentar no recordarte y empezar a reconstruir una vida que ya no era mía, una vida que así eran muy pocos los que la querían.

Me odias por verte una última vez, dónde y cuando tú dijiste, por darte explicaciones que no te correspondían, por ser capaz de negarme a rozarte, por mirarte a la cara y decirte que no, que esa despedida era yo quien no la merecía.

Ahora entiendo que me odies, comprendo porqué, aun después de tanto como hemos pasado, has elegido la opción de odiarme, pero por mi parte no tienes de qué preocuparte porque yo no te odio, porque odiar es sentir y yo por ti me niego a sentir nada.

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Ángel Ludeña.

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