Déjame ser tu recuerdo.

A lo largo de la vida nos pasan millones de cosas.

Algunas de ellas se almacenan en nuestra memoria para siempre y otras pasan sin pena ni gloria por delante de nosotros. De estas últimas paso de preocuparme porque he decidido centrarme en las primeras de ellas, en esas que con nosotros se quedan, en esas que muchos llaman recuerdos y otros tantos experiencias.

Siempre escuché que los buenos recuerdos nunca se olvidan y que todas las experiencias, por difíciles que sean, te enseñan algo. Gracias a esto he descubierto que las cosas de las que nos acordamos tienen dos únicas opciones, convertirse en un recuerdo o quedarse en una experiencia y aunque hay quien no distingue la diferencia entre ambas, yo la tengo absolutamente clara. Lo bueno son recuerdos, lo malo, experiencias.

Recordamos los buenos momentos y aprendemos de los malos, nos aferramos a los primeros, y evitamos los segundos aunque sigan estando presentes. Si hay una capacidad que valoro más que ninguna otra en los seres humanos es la memoria. Definida por la RAE como “la capacidad del ser humano para almacenar información” se caracteriza por tener una habilidad única para convertirse en nuestra mejor amiga o en la peor de ellas, pero a pesar de todo, es completamente necesaria por eso siempre creí que el Alzheimer era una de las peores enfermedades que existían y es que no tenemos nada que valga más que nuestros propios recuerdos y la capacidad de guardárnoslos adentro.

Los buenos recuerdos son esos a los que recurrimos cuando todo va mal, cuando creemos que no podemos más, cuando necesitamos sonreír de nuevo, reír sin parar, revivir esos momentos que tanto echamos de menos, sentir a esas personas que tanta falta nos siguen haciendo, a los que ya no están en nuestra vida, a los que nadie podrá sacar de nuestros recuerdos. Son aquellas historias de amor que todavía te siguen estremeciendo, esos ratos a dos que en tu cabeza continúan ocurriendo, los besos que diste y recibiste, los abrazos que te dieron, los llantos que nunca lo fueron, los dibujos animados que veíamos cuando ni levantábamos dos palmos del suelo, los juguetes de los que nadie podía despegarnos, el sabor a la comida de tu abuela, los veranos en familia, los primeros aprobados, los bailes a los que tanto tiempo dedicaste, la música que siempre escuchaste y esos amigos a los que nunca olvidaste.

Los malos recuerdos, para mí experiencias, son aquellos que tanto evitamos pero que tampoco olvidamos. Ni falta que hace. Son esas rupturas que aún duelen, esas traiciones que todavía te pesan, esos amigos que nunca lo fueron, esas mentiras que creíste, esas que hiciste como que nunca viste. Son esos suspensos por los que tanto lloraste, las veces que caíste aunque luego te levantaste, las faltas de respeto, las historias sin acabar, los finales felices que nunca llegaron, esos enemigos que tanto tiempo duraron, esas despedidas demasiado difíciles, esos llantos amargos y esas risas forzadas, esas decepciones inesperadas y esos amores no correspondidos, esos que se fueron sin avisar y sin intención de regresar.

Los recuerdos te ayudan, las experiencias te enseñan, y aunque a nadie le gusta pasarlo mal para aprender, siempre he creído que cuando se trata de recordar, lo bueno siempre compensa. En su día una persona fundamental en mi vida me dijo  una frase que jamás olvidaría, “los buenos recuerdos que tengas, por muchos que vengan, no te los podrán quitar nunca”. En su momento pensar esto me sacó una sonrisa, a día de hoy, me la sigue sacando y es que ahora me he dado cuenta de que aunque aprendo con las experiencias, me quedo con los recuerdos, una táctica que no es más que un buen consejo por eso, si ya no formo parte de tu vida, te ofrezco la mejor opción: déjame ser tu recuerdo.

(PD: Mil gracias a mi buen amigo Carlos por dejarme usar como título una frase de una canción que aunque la escribió él ya somos muchos los que la hemos disfrutado)

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Ángel Ludeña.

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