Puestos a (a)probar.

Son muchos los que estudian, somos más los que aprobamos.

Estudiamos para aprobar, o esa es la idea que tenemos, aunque a la hora de hincar los codos, nos faltan ganas y nos sobran excusas. Buscamos miles de opciones posibles y millones de maneras de aprobar sin estudiar, que es al fin y al cabo, nuestro principal objetivo. Es inevitable, habitual y más común de lo normal, porque originales a la hora de aprobar nunca lo fuimos demasiado.

Copiar: Todo el mundo copia y quien diga que no, miente. En mayor o menor medida, un par de veces o todas ellas, mejor o peor, y con resultados variados, no soy el único al que alguna que otra vez se le ha ido la vista al examen del compañero. Hay tantas técnicas como gente que copia y aunque cada uno tiene sus métodos, siempre existieron los clásicos. Preguntar al compañero,  chuletas de esas que no se leen, mirar otro examen o dar el cambiazo son esas tácticas infalibles, o no, que a más de uno lo ayudaron a conseguir los aprobados que a otros tanto les costaron.

Visitar: Si el examen no ha obtenido el resultado esperado, o lo que viene siendo si suspendes sin más remedio, te toca hacer una visita obligada y en el fondo totalmente esperada a ese despacho que nunca antes pisaste, a ese que esperas no volver a pisar. Pones cara de bueno, llamas a la puerta sin mucho convencimiento, pasas sin el menor atrevimiento y te sientas para ver tu examen, que probablemente sea tuyo y de media clase. Eres legal aunque no tonto y buscas desesperadamente arañar esas décimas que tanto necesitas para llegar a un cinco que jamás te pareció tan alejado. Si funciona bien, si no, o te rindes o lo sigues intentando.

Ofrecer: Ninguna de las tácticas anteriores ha tenido el efecto deseado y toca pasar a la acción. Buscas excusas cualquiera para terminar pasando de pedir a ofrecer. Pides que te apruebe y das lo que te pida (o casi, tampoco hay que ser malpensado). Es el momento de sacar a relucir esos trabajos que nunca hiciste y que ahora te mueres por hacer, esas exposiciones que jamás defendiste y que pagarías por una nueva oportunidad y los hay que llegan a pedir un nuevo examen antes de las odiosas recuperaciones para demostrar que el examen sabértelo, te lo sabías, o eso, al menos, es lo que dices, aunque sea algo que ni tú mismo te creas. Puede que cuele, o puede que no, aunque esta última opción tiene todas las papeletas y es que aquello que implique un esfuerzo para el profesor suele ser descartado de inmediato.

Mentir: No nos gusta mentir pero a veces es completamente necesario. Necesitas justificar un suspenso y demostrar el porqué de no poder preparar una recuperación, la necesidad de aprobar a la de ya, sea como sea. Dentro de las mentiras hay grados diversos, oscilantes desde el modo experto que ocupan esos que se montan películas dignas de Almodóvar hasta el más básico, véase un imprevisto de última hora, un viaje a Londres en verano que te impide estudiar o un hermano pesado que no paraba de molestar. Las mentiras tienen las patas muy cortas y los mentirosos la cara muy dura, pero si funciona, no serás tú quien se queje porque, ¿quién no ha dicho alguna mentirijilla de vez en cuando?.

Llorar: Última oportunidad, de lo más habitual. Unas lagrimillas a tiempo nunca están de más. A veces funcionan a la primera, a veces a la segunda y otras nunca, pero por intentarlo que no quede y es que la experiencia me dice, que lo reconozcan o no, unas lágrimas sensibilizan hasta al profesor más duro. Algunos lloramos fácilmente, a otros les cuesta más pero si te pones, lo consigues. La técnica perfecta está en pillar el momento adecuado. Tienes que parecer desesperado, harto y cansado. Tienes que hacer que se lo crea. Combinado con buenas excusas gana peso. Un trabajo en el que no te dejan ni respirar, un mal momento emocional, esa ruptura que aun te duele o una difícil situación sentimental suelen funcionar. El llanto debe ser pausado, ni mucho, ni poco, con lágrimas que se aprecien y con una intensidad creciente dependiendo de la cara que te vaya poniendo, porque si se blandea pronto tampoco es plan de hacer más el ridículo. Hay quien se niega a esta “humillante” opción pero lo cierto es que humillado o no, nunca está de más un aprobado.

Aprobar es fácil, estudiar no tanto y aunque hay veces en la que no nos queda otra que sentarnos con un folio delante, si el resultado no es el esperado, siempre puedes recurrir a estas técnicas que TODOS hemos usado y que alguna vez nos han funcionado y es que puestos a probar, todo por aprobar.

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Ángel Ludeña.

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