Robando estrellas.

Esta es una de esas noches en las que parece que las estrellas le han pedido una tregua a la oscuridad y desde mi ventana se pueden ver muchas de ellas. Siempre las he admirado, a ellas y su capacidad para brillar hagan lo que hagan, su talento para volver a sacar su luz por muy oscuros que hayan sido los días de antes, por mucho que lo vayan a ser después. Yo, a diferencia de las estrellas, nunca tuve ningún talento por mucho que saltase para robarle un poco a ellas.

Nunca fui el primero de clase, ni tan siquiera destaqué por ser el último y es que, aunque mis notas eran buenas, no eran las mejores. Tampoco fui el más guapo por mucho que me pasase horas arreglándome, peinándome y mirándome en un espejo que siempre me devolvió la misma imagen, la misma que estuve dispuesto a cambiar por ser un poco más quien debía ser, por ser un poco menos quien quería ser.

Nunca supe saltar a la comba, tirarme de cabeza a la piscina, ni hacer flexiones o patinar, el deporte fue siempre mi asignatura pendiente, una que ni siquiera tuve interés en aprobar. Tampoco valía para cantar, aunque lo hiciese, ni para tocar dos notas de un instrumento cualquiera porque hasta la flauta se convertía en complicada en cuanto notaba que era yo quien la rozaba.

Nunca tuve habilidades “especiales” como doblar la lengua, mover los ojos  o silbar, hasta hacer pompas con el chicle me resultaba una tarea fuera de lo normal. La salud tampoco fue mi palo fuerte, si un virus cualquiera se paseaba a kilómetros de mí, siempre decidía convertirse en una de mis principales compañías. Creo que además nunca caí bien de primeras, y a veces tampoco de segundas, por eso no destaqué por ser quien más amigos tenía. A su vez, tampoco tuve buen ojo para el amor y aunque me equivoqué lo suficiente como para hacerme daño, nunca logré aprender de esos errores que se repetían una y otra vez.

También es cierto es que yo nunca fui el más querido, ni encabecé la lista de personas indispensables de alguien cualquiera y es que nunca fui lo suficientemente bueno como para que me quisieran por ello, ni tan malo como para que me odiasen, por eso ni tan siquiera en eso destacaba.

Nunca tuve ningún talento pero no tardé en asumirlo, por eso elegí la mejor solución, rodearme de quiénes sí lo tenían, que tal y como se decía, de estar al lado, algo también se aprendía.

Conseguí buenas notas gracias a la ayuda de los mejores estudiantes, me rodeé de gente tan guapa que cualquiera habría sido incapaz de cruzárselos y no girarse. Ví buen deporte con amigos a los que las Olimpiadas les parecían un paseíllo y disfruté de la mejor música con los que hacían de tres acordes y dos letras improvisadas, auténtica magia. Conservé mi salud con la ayuda de esos a los que los virus temían, aluciné por momentos viendo como algunos hacían cosas inimaginables con cualquier parte de su cuerpo y estuve junto a los que mejor caían por eso yo también me llevé buenos amigos de esos con los al final todo compartía. En el amor, me rodeé de los mejores consejeros, a los que nunca escuché pero siempre tuve, a los que cuando todo se hundía me tendieron esa mano que tantas veces agarraría mientras mi mundo idílico se destruía. Aunque nunca fui el más querido de una lista de nombres imprescindibles, sí tuve un hueco en el corazón de los más grandes, uno que me hicieron en el sitio de los que no son lo suficientemente buenos para encabezar la lista, ni tan malos como para cerrarla, en el sitio que me correspondía, en el que me daba tanta alegría.

Es verdad que el talento nunca fue lo mío pero no ha sido hasta ahora cuando he dejado de saltar para robarle un poco a las estrellas, un poco de ese que tanto tienen ellas. Yo ya no quiero ser el mejor en nada porque me basta con tener a mi lado a los mejores en todo, a esos que tienen errores y aciertos, a esos que hacen el que mundo junto a ellos sea casi perfecto.

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Ángel Ludeña.

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