Sorpréndeme.

A todos nos gustan las sorpresas. A todos, además, nos gusta sorprender.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que me hablaron de aquella fiesta pero sé que por lo menos un par de meses antes. Desde entonces, pinceladas breves, informaciones escasas y una expectación que crecía por saber cómo saldría aquella gran sorpresa, aquella que cada vez más conocían. Faltaban dos días cuando arranqué un coche y me puse en camino hacia el lugar decidido. Cuatrocientos kilómetros después, varias horas más tarde y con un cansancio palpable llegué a una casa en la que las caras hablaban solas, en la que cada esquina era buena para preguntar sobre la fiesta secreta, para planear todo cuando apenas quedaba nada. Cuarenta y ocho horas después, todo listo, la fiesta preparada, los invitados en sus posiciones y el sorprendido buscando explicaciones.

El tiempo parecía que nos la jugaba y es que por mucho que planeásemos la vida siempre se adelantaba. Le pedimos una tregua y nos la dio. En el lugar donde se decidían esas cosas, siempre tuvimos buenos contactos. Muchos se saludaban, otros esperaban y el coche con el sorprendido, ya llegaba. Las grandes puertas de las caballerizas se abrían, todos cantaban esa canción que hablaba de un cumpleaños feliz y de muchos más mientras que el sorprendido, sí, se sorprendía. Besos, abrazos, saludos cariñosos y un sin fin de acercamientos a él, y entre todos, porque era su fiesta y un poco la de todos. Cada uno con su atuendo, uno de campo, de un campo que muchos, poco lo pisábamos.

Cervezas en las manos, caballos paseando, algunos montando y otros, simplemente charlando. Palabras de más pero nunca de menos, saludos efusivos y otros más esquivos. Amigos, muchos amigos. Pisamos una plaza de toros que cumplía la norma fundamental, justo la que consiguió que yo pisara ese lugar. Las vaquillas se miraban y se toreaban mientras muchos se divertían, una vez el tiempo cumplido, ellas volvieron sanas y salvas a su escondite preferido. Una comida que no llegaba, pero de comer y beber, no faltaba. Lo demás poco importaba. Porque estábamos todos juntos, porque estábamos todos bien.

Empezó a llover en un lugar completamente perdido, en el lugar donde todos nos encontrábamos. Buscamos refugio y lo encontramos en un club social construido, al menos, cien años atrás. Una chimenea encendida, la música conectada, la bebida servida y la comida también. Fue a media tarde, cuando me di cuenta de algo, cuando descubrí que allí estábamos prácticamente todos. Una familia a la que echo de menos, amigas de las que siempre han estado, otras que durante un tiempo faltaron en presencia pero nunca en el recuerdo, unas que por suerte, ya se han reincorporado en plena forma, poniéndose el mundo por montera y dispuestas a vivir como se vive, viviendo de verdad.

Cigarros en la puerta mientras mirabas la lluvia caer, sonidos de animales que no sé ni reconocer, rones que vienen y van, charlas a buen compás, notas desafinadas, conversaciones acertadas. Millones de sonrisas, sin tiempo para prisas, carcajadas descontroladas, mil cosas organizadas, velas que se apagaban, vídeos de una vida, una vida del sorprendido, y un poco de todos. La noche avanzaba mientras la chimenea pasaba a ser el mejor testigo de secretos que nunca lo fueron, de amistades que nunca dejaron de serlo, de muchos que leen lo que escribo sabiendo que es también por ellos por quien lo hago, de ver como surgen amores de una noche y como otros aguantan miles de ellas.

Nadie era quien debía ser, todos eran de verdad, al menos todos a los que mi atención prestaba. Pensé en lo injusto que era poder reunirnos tampoco aunque llegué a la conclusión de que lo importante no eran las veces, sino ser capaces de hacerlo y que el tiempo no haya pasado, que el cariño que nos tenemos esté congelado para resistir lluvias tormentosas, vientos desmedidos y palabras de enemigos, de todo el que quiera romper amistades de verdad, amistades de esas que sólo tienen los verdaderos amigos.

Si en aquel momento, en aquel perdido lugar, un meteorito hubiese decidido estrellarse, lo que hubiese quedado en la Tierra habría sido mucho menos interesante porque los que allí estaban no son fáciles de encontrar, aunque una vez con ellos, no tienes otra que disfrutar. Por todo esto yo ahora lo tengo decidido, quiero muchas más fiestas sorpresa, muchos más momentos como estos así que, quien quiera conquistarme, no tiene más que sorprenderme. Eso sí, siempre con ellos.

(PD: Un millón de gracias a mis padrinos por hacernos disfrutar de uno de esos días que nunca querremos olvidar)

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Ángel Ludeña.

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