Mi batalla más difícil.

Era un 16 de Abril de una primavera que nunca olvidaría. Hacía una semana que el 7 se había convertido en mi edad cuando a mi corta vida se le pusieron las cosas difíciles.

El cumpleaños de mi primo favorito, una nariz que no dejaba de sangrar, un cuerpo que se llenaba de moratones por momentos, una madre que volvía en tren de un viaje de trabajo, un niño asustado que no entendía nada dentro de un coche y camino de un hospital.

Bastaron pocas horas para que se desatase la que fue mi batalla más difícil. Una consulta de un viejo hospital, unos padres delante de un médico que no sabía por donde tirar y un plazo mínimo, el necesario para empezar a hablar de un tratamiento al que aún nadie sabía si llegaría. Una promesa de mi madre, “mi hijo va a salvarse” y un médico precavido, “todas decís lo mismo”, un médico que aún no sabía que mi madre siempre cumple lo que promete. No tardaron en darle un nombre a lo que me pasaba, un nombre que muchos se niegan a pronunciar, por miedo a esa “larga y terrible enfermedad”, a “esa cosa mala” que pretendía que más pronto que tarde dejase de respirar. Un nombre al que yo nunca le tuve miedo, al que a día de hoy, tampoco se lo tengo. Llamar cáncer al cáncer es fundamental para empezar a hacerle frente. En el mejor de los casos me esperaban dos años de tratamiento. En el peor, no tener opción a tratarme, no tener opción a salvarme.

Se activaron todos los dispositivos de aquella guerra para la que ya íbamos tarde, mi madre se convirtió en la mejor teniente, mi familia y mis amigos en el ejército que necesitaba. Recuerdos difusos y a la vez, terriblemente claros. Un cansancio extremo que a veces conseguía tumbarme pero nunca vencerme. Una unidad de cuidados especiales alejado de todo y de todos. Me retenían en su campo pero no sabían que tenía a un buen equipo dispuesto a liberarme.  Entraba a un quirófano del que algunos esperaban que no saliese con vida.

Una madre que no se separaba de su hijo ni un sólo instante, que escuchaba una y otra vez cómo ese pequeño cuerpecito tirado en una cama le preguntaba si se iba a morir, al que le repetía que no, que había que salir, que la leucemia no eran más que unos bichitos que recorrían su sangre, unos bichitos a los que teníamos que vencer mientras se negaba a echar una sola lágrima delante de alguien que sólo necesitaba ver sonrisas.  Mi padre haciendo del coche a la puerta del hospital su nuevo y frío hogar. Mi madrina y mi tía, revolucionando una sala de espera en la que pasaron horas y horas, demasiadas horas, y es que allí siempre son demasiadas. Una abuela que se negaba a que su nieto comiese, si es que comía, lo que hacían en aquel maldito hospital, una abuela que le preparaba la comida día tras día. Una hermana de 4 años que no podía ver a su hermano, que no sabía si podría volver a verlo algún día. Una familia inmensa que no se alejaba, unos amigos que nunca se separaban, un médico que ya más bien era amigo, que siempre decía que en los pasillos nunca le preguntaron tanto por alguien como aquellos días. Todos preguntaban por mí, todos luchaban conmigo.

Un pelo que se caía sin que nadie le hiciese el más mínimo caso. Un cuerpo que se consumía por momentos. Un asqueroso olor a hospital. Miles de cables, de sueros, de medicaciones, de termómetros, tensiómetros y todo tipo de máquinas de última generación. Una habitación sin luz, un niño que no sabía si era de noche o de día, una vida que poco a poco se iba. Pero no.

Como buenos combatientes, esperamos a que se despistasen, contraatacamos y ganamos en una batalla que duraría dos años, los más difíciles que recuerdo, en los que tenía que evitar la luz del sol, cualquier mínimo resfriado, alejar de mí el más absurdo constipado, en los que no podía bañarme en piscinas llenas de niños, en los que traté de hacer una vida normal y en los que lo conseguí aunque deba reconocer que después de todo aquello, el término normalidad cambiaba considerablemente. Para mí, era normal que me pinchasen 13 veces para sacarme sangre, que me hiciesen punciones medulares cada poco tiempo, tomarme decenas de pastillas día tras día, que los médicos y las enfermeras de todo el hospital se supiesen mi nombre, hacerme cientos de pruebas impronunciables y sentir dolor porque aunque hay quien dice que al daño nadie se acostumbra, yo puedo decir que cuando tienes que salir adelante, nunca te parecerá bastante. Me acostumbré a muchas cosas pero hubo algo a lo que no, algo a lo que nadie puede acostumbrarse, a descubrir que buenos amigos que empezaron sus batallas conmigo, no pudieran contar que la habían vencido.

Me convertí en el niño mimado de todo un hospital mientras peleaba porque el resto me trataran como a alguien normal, como a un niño que reía, que lloraba por cualquier tontería, que tenía sus amigos, al que le perdían las chucherías. No era justo. Lo creía entonces y lo sigo creyendo, pero es que el cáncer nunca es justo aunque lo sea menos aún en un niño de 7 años que no había visto jamás un cigarro, que no había usado ningún teléfono móvil, que no había hecho nada de todo eso que dicen que tanto perjudica. Hay quien dice que con esa edad te enteras menos y hay quien como yo cree que a esa edad necesitas más estar bien y ser feliz con los tuyos cerca en cualquier lugar.

No era justo que tuviese que acabarse una vida que apenas había empezado, que una puta enfermedad quisiese robarme miles de buenos momentos, miles de amigos, millones de sonrisas, un primer beso, una primera vez, mi llegada a la universidad, un cambio de ciudad, mi primera borrachera, mi primer trabajo, mi primer gran amor, mi primera ruptura, y en definitiva, mi primera y única vida. Es cierto que lloré como espero no volver a llorar jamás, que tuve más miedo del que alguien se pueda imaginar, que peleé todo lo que pude y más y también que aunque a muchos les sorprenderá, si pudiese volver atrás, no cambiaría nada porque ahora, después de tanto, sólo me queda dar las gracias.

A un equipo médico que se convirtió en amigo, a una madre que nunca dejó de pelear, a un padre dispuesto a todo para que me pudiese salvar, a una madrina con la que compartía manualidades, a una tita con la que veía aquel viejo concurso, a unos abuelos que se negaron a que me fuera al lugar en el que ahora están, a una hermana que comprendió lo incomprensible, a una familia que nunca se dejó vencer, a unos amigos que jamás perdieron la esperanza, a los que se fueron de aquí pero no de mis recuerdos, y a todos aquellos sin los cuales no podría estar escribiendo con una mezcla de lágrimas y sonrisas, la que fue, mi batalla más difícil.

PD: La historia al completo en “Cómo vencer la leucemia” un libro que escribí yo mismo por aquel entonces, uno que ya muchos os habéis leído 😉

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Ángel Ludeña.

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4 pensamientos en “Mi batalla más difícil.

  1. Tu madre venia en ese tren con unos zapatos nuevos para ti, te ingresaron el dia del bautizo de teresa, mientras le echabamos el agua tu en el hospital sin q supieramos q pasaria. Quiza todo aquello ha hecho el buen tiio q eres hoy, o lo eras ya?

Dime lo que quieras, pero dime algo.

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