Sheila.

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Ya he hablado de ELLAS pero nunca sólo de ELLA. Nunca hasta ahora.

Cuando la conocí, era callada, apenas hablaba pero tenía algo que hacía que quisiese saber de ella. Así, poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue ganándose un hueco en mi corazón, en mi cabeza y también en mi vida. Éramos tan iguales como diferentes pero teníamos algo en común que nos unía irremediablemente. Una familia lejos, unos amigos que no estaban, una ciudad por conocer, ganas de aprender, de descubrir y de ser felices en un mundo que nos costaba entender.

Nos unimos casi sin darnos cuenta, compartimos muchas horas de calle, de clase y de vida, convertimos los martes en el día de la cerveza, nos recorrimos las calles del centro sin parar, descubrimos Madrid con noches de desenfreno y café de la facultad, nos hicimos amigos de esos camareros que invitaban a chupitos en unas cuevas que ya son un poco nuestras, descubrimos antros con música que no dejaba de sonar, fuimos a catas de cerveza, no salíamos de la FNAC, hablamos de penas, de alegrías y de todo lo que se podía hablar, sobre todo yo, porque una de sus mayores virtudes, es lo bien que sabe escuchar.

Si digo que ella es especial habrá quien piense que es una forma de hablar pero se equivoca, porque basta con conocerla de verdad para saber que no es más que una realidad y es que si hay algo que tengo claro es que nunca me quedará tiempo suficiente para agradecerle lo que ha hecho por mí, lo que me ha demostrado y cómo se ha portado desde el mismo día en el que la conocí, y especialmente este último año, cuando ha batido su propio récord porque estar con alguien que siempre tiene puesta la sonrisa, es muy fácil, pero estarlo con quien no recuerda dónde la ha dejado, es demasiado complicado.

Porque Sheila siempre me ha escuchado pero nunca me ha juzgado y escuchar sin juzgar es una de esas virtudes que no se suelen encontrar. Porque ha visto como perdía el control de mí mismo mientras ella intentaba llevarme a camino, respetando mi espacio y escuchando millones de planes absurdos pero sin decirme nunca que eran grandes chorradas porque aunque ella supiera que me equivocaba, si era algo que no podía remediar, lo dejaba todo para equivocarse conmigo. Porque además, se ha convertido en mi perfecta representación en una facultad a la que muchas veces no logro llegar y porque gracias a ella estoy acabando una carrera que visto mi ritmo, no me podría ni plantear. Porque de cara al mundo nunca tuvo un papel protagonista pero fue capaz de demostrarme que los que a todos les parecen secundarios pueden convertirse en imprescindibles para tirar de esos que parecen tan primarios. Porque me ha cuidado tanto que tengo claro que si se trata de defenderme no se va a parar a pensar sea quien sea quien esté en el otro lugar, porque me ha soportado cuando ni yo mismo lo hacía y me ha visto llorar casi tanto o más que reír pero siempre ha estado conmigo, jamás ha huido aunque cualquier otra persona es lo que más le habría apetecido.

Son muchas las veces en las que pienso que haría yo sin ella, sin la chica de la habitación de al lado, sin la amiga que no todos tienen la suerte de conocer, sin la que se sienta en mi sofá para escuchar cientos de historias sin rechistar, para reír sin parar o para alucinar una vez más. Qué haría sin la chica con la que me engancho a una serie adolescente subtitulada, con la que salto de alegría si veo que el horóscopo nos ha puesto en un buen lugar, con la que he visitado comisaría más que la pizzería, con la que me despido noche tras noche con un “hasta dentro de un rato”, con la que comparto mi afición al ron y a la cerveza y con la que puedo hablar de la guerra de Afganistán igual que de la quinta separación de cualquier personaje del corazón.

Qué haría sin la chica con la que cocino una sopa que se puede comer con cuchillo y tenedor, con la que sabe lo que quiero decir antes de que lo diga, con la que echa tanto de menos a su madre como yo a la mía, con la que me ayuda a planear técnicas de conquista que no nos llevarán a ningún lugar, con la que aguantó a mi lado que nuestro compañero hiciese del salón un campo de batalla, con la que se ha paseado conmigo más fresca de la cuenta por las calles más famosas de la capital y con la me gané un amigo yonki que cada noche hizo de los gritos bajo nuestra ventana su forma de comunicación ideal. Qué haría sin la chica que me enseñó que los cigarros se pueden encender con la vitrocerámica, que se puede perder el móvil más veces que la vergüenza, que es posible escuchar sin hablar y que hay amigas que sí que son de verdad.

Por todo esto y muchas más cosas que no necesito enumerar, sé que yo sin ella no sería yo porque ella ya es parte de mí y porque ella es la parte fundamental de una amistad de la que nunca aceptaré un final.

¡Feliz cumpleaños, amiga!

TE QUIERO MUCHO.

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Ángel Ludeña.

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