Guárdame un columpio.

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De pequeño quería crecer pero ahora que he crecido, no termino de estar convencido de que fuese esa la mejor opción. Nos pasamos demasiado tiempo escuchando eso de que “debemos madurar”, pensar en el futuro, centrarnos en los estudios. Nos pasamos demasiado tiempo esperando para llegar a unas metas que igual no estamos preparados para alcanzar, que igual, ni tan siquiera queremos alcanzarlas. Siempre oí que se necesitaba tiempo para valorar lo que teníamos, que el tiempo que pasaba no se recuperaba, y no ha sido hasta ahora, cuando tiempo después me he dado cuenta de que madurar estará muy bien pero que puestos a perder cosas, creo que con los años, perdemos demasiadas.

No levantaba dos palmos del suelo cuando soñaba con ser médico, cuando jugaba a curar a pacientes de todo el mundo con dos jeringuillas de plástico y tres gasas encontradas en un lugar cualquiera. El tiempo pasó y mis intereses cambiaron. Dejé atrás la ilusión de pinchar y operar por pasar buena parte del día en la redacción de un programa de televisión en la que se vive con prisa, a veces, con demasiada.

No tenía aún dos números en mi edad cuando disfrutaba como nadie de la navidad, de las luces de colores, de esperar nervioso a que un señor de barba blanca y mucha panza viniese cargado de regalos de esos que veía en los catálogos y de pasar la noche en vela para intentar escuchar cómo entraban esos reyes que tanto me gustaban, esos que venían del lejano Oriente. La navidad ya nunca será igual, porque faltan demasiados de esos que siempre estaban, porque las luces de colores gastan mucho en un país que tiene que ahorrar, porque el señor panzudo ha cambiado su trineo por una visa y muchas bolsas del centro de la ciudad, y porque los reyes que ahora ocupan nuestra atención son los que cazan elefantes en cualquier rincón de África para ser obligados a pedir perdón.

No había dejado de ser un niño cuando me tapaba los ojos para no ver los besos en las pelis, cuando creía que los bebés venían del beso de una boda, cuando estaba convencido de que la cama era sólo para dormir y que el amor duraba para siempre. Ahora mis ojos ya no se tapan ante unos besos que puede que a veces sean demasiados y he comprobado que no necesitas boda para tener un bombo, que las camas se deshacen y rehacen con demasiada facilidad y que el amor, la mayoría de las veces, tiene fecha de caducidad.

La vida era mucho más fácil, más sencilla y más feliz cuando no teníamos que preocuparnos más que por no salirnos coloreando, cuando conseguíamos reír con el viejo juego de quitarnos la nariz, llorábamos porque no queríamos comer, pensábamos que las historias de los cuentos eran de verdad, creíamos que los sueños siempre se lograban y las promesas se cumplían, conseguíamos amigos detrás de cualquier esquina y perdonábamos a nuestros enemigos con dos chucherías, cuando no sabíamos que la gente a la que queríamos también se iba.

Todo tiene su momento y nunca fui de pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor pero son algunas las veces en las que me gustaría volver a repetir aquella frase que antes siempre decía, aquella que me quitaba la mayor preocupación del día: “guárdame un columpio”.

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Ángel Ludeña.

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