Sara.

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Fue un Octubre que ahora veo lejano. Fue una pregunta que aún recuerdo: “¿Quieres que se venga con nosotros?” A mí me da igual, pero aquí ya somos muchos. Más de dos años después, ni tan siquiera me lo habría planteado porque ELLAS no serían ELLAS sin Sara.

Podría decir que desde el primer instante, sabía que encajaríamos, pero mentiría, porque como ELLA misma decía en aquella canción que un día me escribió y que alguna que otra vez vuelve a entonar con una guitarra que me encanta escuchar: “Yo no era ni mucho menos como tú”. Por aquel entonces, tenía un grupo más o menos hecho, en una ciudad que seguía sin conocer, y no estaba dispuesto a incluir a alguien con quien no tenía nada en común, con quien ahora, tampoco lo tengo, pero no me importa porque eso es justamente lo que nos hace ser perfectamente compatibles.

Lo más fácil sería pasarme un buen rato escribiendo momentos juntos, diciendo lo buena que es y lo bien que nos ha ido todo pero no, porque mi amistad con ELLA es diferente. Porque ELLA es diferente. Si me pusiese a calcular si hemos compartido más risas o llantos, no sé si me saldrían las cuentas, si sumase discusiones y le restase los acuerdos, tampoco. En el último año, nos hemos peleado cientos de veces, le he dejado de hablar tras cada una de ellas, la he borrado del Facebook, la he puesto verde mientras gritaba sin parar, me he jurado no retomar jamás nuestra amistad y he sido incapaz de sacarla de una vida, la mía, que es también un poco suya.

En el mundo nos encontramos a cientos de personas cada día. En la vida, no siempre logras encontrarte a alguien como ELLA pero tuve suerte, no lo voy a negar. Cruzarse con personas como yo, tampoco es fácil, aguantarme a diario, menos aún. Los que me conocen, saben perfectamente que lo mejor para no discutir conmigo, es seguirme la corriente. Sara jamás lo ha hecho. ELLA es de las pocas capaces de hacerme frente y decirme que estoy dejando de ser yo, que me estoy convirtiendo en un completo imbécil,  no darme la razón si cree que no la llevo, intentar evitar mis errores y negarse a que me estrelle, aunque sea lo que necesite para darme cuenta de las cosas, porque ELLA es de las que piensa que para aprender, no siempre hace falta darse el golpe.

Sara ha aguantado que la llame gritándole sin explicarle el por qué, que critique a sus amigos sin conocerlos, que le recuerde eternamente cada uno de sus errores aunque algunos ni siquiera la fueran, que le repita una y otra vez que tiene la culpa de algunos de mis problemas y que la ponga en medio de una de las historias más difíciles que nos tocó vivir juntos. Decantarse por un bando siempre fue la opción más fácil, Sara ni tan siquiera tuvo esa oportunidad, ni siquiera pudo elegir si quería sufrir las consecuencias de una guerra que empecé yo mismo sin pensar ni un solo segundo en ELLA. Me molestaba que no se posicionara, la culpaba de mis derrotas, la sacaba de mis victorias y la obligaba a decantarse entre dos personas fundamentales para ELLA.

Puse a todos por encima de Sara porque me decía lo que no quería escuchar, porque aun estando demasiado ciega, sabía que a quien menos convenía aquella historia era a mí. Me intentó proteger, adelantarse a mis fallos, evitarlos y sacarme cuanto antes de aquel campo de batalla en el que dejamos más lágrimas que sonrisas aunque sean éstas últimas las que se quedan en el recuerdo. No le hice caso. Jamás se lo hago pero me encanta que lo siga intentando. El tiempo, la vida y las experiencias que vivimos nos terminaron juntando de nuevo, en un mismo bando, en el mismo bando que perdimos una guerra que, en realidad, nadie ganó, en el que yo perdí mi dignidad, mi amor propio y un buen trocito de felicidad, en el que ELLA perdió mucho más, a alguien muy querido, a alguien a quien ya no recuperaría. En el bando que gastamos horas y horas de nuestras vidas, de dos vidas que se consumían demasiado rápido, de dos vidas que estuvieron a punto de separarse para siempre convirtiéndose ese en el único fallo que jamás habría compensado. Ahora, tiempo después, siento muchísimo haberla metido en aquello, siento todo lo que ocurrió y aunque jamás he sido capaz de decírselo, quiero que sepa que siempre le estaré agradecido por haberme acompañado en aquello que ambos vivimos, en aquello que ELLA si no hubiese sido por mi culpa, no habría tenido por qué vivir y es que hay veces en las que es mejor estar ciego y ser feliz, que ver la verdad y que se esfume de golpe toda esa felicidad.

Lo pasamos mal, realmente mal, y aunque el daño, a nadie le sienta bien, cuando a lo largo de tu vida te ha costado pasarlo demasiado, menos aún. Su vida no ha sido fácil. La mía, tampoco. Cada uno con su historia. Cada uno con su vida. Con errores que cometimos sin conocernos y cuando ya nos habíamos conocido y es que ni a ELLA, ni a mí, nos gusta ser perfectos, porque los dos coincidimos en que no hay nada más perfecto que ser completamente imperfectos.

Si hay algo que me encanta de Sara es que a pesar de todo lo que ha sufrido, siempre mira hacia delante, se viste con una sonrisa y un par de botas viejas y se lanza al mundo, a un mundo en el que sigue creyendo, porque ELLA sigue apostando por la gente, sigue pensando que las personas son buenas, que los príncipes azules existen aunque antes haya que besar a muchas ranas, que quedan personas en las que poder confiar y que  todavía se pueden cumplir los cuentos con final feliz.

“Sara es de esas personas por las que merece la pena levantarse cada mañana y seguir adelante”.

Feliz cumpleaños, amiga.

Te quiero.

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Ángel Ludeña.

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