Mi mejor amigo.

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Hubo un tiempo en el creí en los mejores amigos. De pequeño escuchaba hablar hasta la saciedad de esos amigos indispensables que muchos calificaban como mejores, oía cómo me preguntaban una y otra vez quién ocupaba en mi vida aquel “honor” e incluso veía como había quien decía que no valía dar dos nombres porque mejor amigo sólo podía haber uno.

Ahora, si le preguntaseis a mi madre que es, sin duda, quien mejor conoce, por el nombre de mi mejor amigo, no sabría responder y es que ella, al igual que yo no sabe quien es. El nombre no os lo daría pero os diría que “va por rachas” o “según le da” y es que os podría enumerar sin problemas una larga lista de mejores amigos. Podría decir por fechas el nombre de cada uno de ellos. Podría decir quién lo fue en aquel caluroso verano, el que ocupó el puesto ese invierno que no quería irse, quien estuvo a mi lado ese otoño en el que las hojas que caían parecían diferentes y la persona que me acompañó aquella primavera que siempre olía a jazmín.

No sé si será porque el tiempo me ha enseñado a ver las cosas de forma diferente, pero lo cierto es que yo ya no creo en los mejores amigos y lo mejor de todo es que ni siquiera los necesito. Me he cansado de poner etiquetas que cambiaban cada poco o mucho, me he cansado de clasificar amigos por grados, de vender amistades irrompibles, de esos para siempre que nunca se cumplían, de que cambiase quien ocupaba la silla de al lado.

Hay quien dice que uno de mis principales fallos es que cuando congenio con alguien, lo doy todo, que puede que, a veces, dé demasiado, que no me debo confiar y que es mejor ser precavido, tener los pies en el suelo y no dejarme llevar por cualquiera que aparezca en ese momento, en ese lugar. Para muchos será un fallo, para mí, no, y es puede que me equivoque, pero ¿quién dijo que estaba mal eso de equivocarse?. Siempre me gustó vivir intensamente y creo que dar todo de mí, forma parte de ese modo de vida y es que yo, cuando conozco a alguien que se convierte en amigo, tengo muy claro lo que viene a continuación. Pasar horas y horas al lado, entrar, salir y volver a entrar pero siempre juntos, hablar más en un día que otros en toda una vida, contarnos las verdades más absolutas y reírnos de las mentiras más despiadadas, llorar hasta reír y reír hasta llorar, viajar a cualquier lugar, compartir penas en un bar de esta gran ciudad y alegrías en la barra de la quinta discoteca de una noche de fiesta.

Este mecanismo se repetía una y otra vez, y a día de hoy, se sigue repitiendo pero con un cambio fundamental, ese cambio que lo ha llevado a una perfección total. Antes, después de pasar día tras día y cientos de horas al lado, esa gran amistad se acababa y ya nunca regresaba. Era triste encontrarte con alguien con quien lo compartiste todo y ya no compartías nada, alguien que lo supo todo de ti y que tiempo después te parecía que supiese lo que supiera, era demasiado. Por todo esto decidí que las amistades se podían vivir así pero que no tenían por qué acabarse, que tenía que haber maneras de que se conservasen y lo conseguí, a día de hoy, lo he conseguido, porque yo ahora no tengo un sólo mejor amigo, tengo tantos cómo necesito.

Sea para lo que sea las tengo a ELLAS, si quiero hablar hasta no poder más y salir sin parar puedo hacerlo con Leti, Laurita o Paula, cuando me apetezca un batido de Starbucks, Ingrid se vendrá, para una buena sesión de fotos, Anita Lucas posará conmigo, si se trata de conocer bares del centro, Laura Aragón no faltará, en cuanto quiera escuchar una guitarra y buenas canciones, Carlos y Zalo aparecerán, Alicia y María me llamarán cuando visite mi otra ciudad, si necesito una de cine, Amor va a estar, en cuanto Irene o Elena vengan a Madrid, contarán conmigo, y en la playa, los de siempre me acompañarán.

Tengo amigos pero ninguno es mejor amigo y es que aunque suene a tópico, para mí todos son los mejores, porque con cada uno de ellos soy capaz de reír y llorar, de caerme y levantarme, de hablar de todo y nada, sé que si los necesito, estarán, y si me necesitan, no podría faltar y lo más importante, con todos ellos puedo ser yo y nadie más, por eso paso de clasificarlos, de ponerles esa absurda coletilla, de colocarlos en el puesto de una lista de mejores amigos, porque seamos sinceros, teniendo lo que tengo, nadie necesita un mejor amigo.

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Ángel Ludeña.

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