Quiéreme, aunque sea un poquito.

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Es tarde pero si hay algo que me encanta de Madrid es que nunca descansa porque las cosas más importantes nunca lo hacen. Es en noches como ésta, en días como hoy, cuando el frío aprieta cuando me da por recordar, y puede que recordando, recuerde demasiado.

Desde que oí hablar de eso que llaman amor, me interesó saber que había detrás de aquello. Puede que fuese por mi alma de periodista, porque siempre fui un poco cotilla o porque quería probar eso de lo que tanto hablaban, eso que todos probaban. Sería fácil decir que mi primer beso fue con alguien a quien quería, que mi primera vez fue especial o que soy de esos que se enamoran tan fácil cómo olvidan, pero no, con lo sencillo que sería, yo me tuve que ir a lo complicado, y es que, queramos o no, lo difícil, atrae, y lo fácil, pierde interés tan pronto como s elogra.

Durante mucho tiempo repetí que quería enamorarme, que me apetecía sentir esas mariposas absurdas de las que tanto hablaban, que quería saber qué ocurría, cómo reaccionaría si sintiese que mi corazón era quien mandaba por encima de una cabeza algo descontrolada. Me enamoré, creo que cuando menos lo esperaba, aunque haya quien se empeñe en que fue porque en realidad, era lo que buscaba. Viví una historia que tenía todos los ingredientes para enganchar y es que como bien dice una buena amiga, “en el amor, los malos rollos, enganchan”. Podría decir que lo que pasó fue un error, que me equivoqué más de lo que espero hacerlo en toda mi vida, que cometí errores que no cometeré pero es que de aquello no quiero escribir, porque escribir es recordar y yo de esa historia me niego a decir algo que no sea que olvidarla es una de las cosas que me hicieron sentirme más orgulloso de mí.

Después de aquella difícil experiencia, decidí que el amor no era para mí, que no quería vivir algo que sólo me había hecho sufrir, que yo después de aquello no podría sentir igual, recuperar la inocencia, la confianza, la ilusión, los elementos básicos para que funcione una relación. Además, siempre fuí de los que pensé que las personas sólo nos podíamos enamorar una vez, que como decía una de mis canciones favoritas, “el amor verdadero es tan solo el primero”, que los demás “son sólo para olvidar”.

A día de hoy, me niego a pensar eso, no quiero creer que si sólo nos podemos enamorar una vez, yo lo tirase de forma tan ridícula, que mi vale en el amor lo malgastase con quien no debía, con alguien que no me merecía, por eso he decidido, que si el amor es una oportunidad, yo pido otra que el mundo no sería mundo sin segundas oportunidades y que si por el contrario, el amor es un vale, quiero que me lo devuelvan, que el producto me salió defectuoso. No sé si a quien le toque repartir me hará caso, si creerá que merezco volverlo a intentar, pero lo que tengo claro es que si se trata de hacer un trato en el que me comprometa a cumplir las reglas básicas del amor, yo lo quiero firmar.

Me comprometo a volverme un poco idiota, sé que es lo que toca, a volver al clásico “yo no le voy a hablar” para terminar hablándole, a planear con ELLAS estrategias de acercamiento propias de la guerra de Afganistán, a llorar o reír por cualquier tontería, a besar de verdad en el momento más inesperado, a deshacer la cama o el sofá a ritmo pausado, a sentir que el mundo se acaba porque mi móvil haya decidido no sonar, a decir que paso mientras controlo su hora de conexión al whatsapp, a revisar su Facebook conociéndome a sus amigos mejor que a los míos y a abrir un regalo que me espero haciéndome el sorprendido.

Me comprometo a levantarme con una sonrisa que se convierta en mi conjunto de ropa ideal, a planear viajes a cualquier destino exótico, a imaginarme si estaremos juntos en el futuro, a presentar a todos y cada uno de mis amigos, a salir para darle celos y acabar en su puerta después de dos bailes tontos, a guardar una fidelidad del todo fundamental,  a creer que esa vez no me voy a equivocar, que es alguien en quien merece la pena confiar, que la felicidad haya decidido que soy alguien digno de visitar.

Si esto es un trato con el amor, creo que mis condiciones no están nada mal pero yo no sería yo si no pidiese algo más a cambio de tanto compromiso, así que sí acepto las normas quiero una última cosa, un minuto, cara a cara, antes de empezar, antes de volverme a enamorar, un instante para ponerme enfrente y poder decir: “te doy mucho de mí pero, cambio, quiéreme, aunque sea un poquito”.

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Ángel Ludeña.

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