Un mundo de locos.

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Era muy pequeño cuando veía más allá de cuatro caras conocidas dentro de una máquina cuadrada a la que llamaban tele, cuando sentía interés por saber qué había detrás de todo eso. Era muy pequeño cuando ya decía que quería ser periodista, cuando repetía una y otra vez a todo el que me preguntase que yo “quería trabajar en la tele”.

No sé ni tan siquiera la edad que tenía cuando empezaron a interesarme las audiencias, los datos de los programas, cuando me aprendí el nombre de todas las productoras, cuando me conocía la carrera de los presentadores al completo aunque éstas se remontasen a mi propio nacimiento.

Me gustaba, me atraía y me despertaba tanto interés que cada vez estaba más convencido de que mi vida profesional tenía que ir por ahí y es que a pesar de que siempre estuve lejos de los focos, los platós de televisión, las redacciones y las salas de control, en mi entorno estaba rodeado de algunos de los mejores periodistas, muchos de ellos, conocidos por hacer eso que a mí tanto me gustaba,  informarme a mí mismo para después contárselo a los demás.

Tenía 18 años y apenas llevaba unos meses cursando esa carrera de Periodismo que tanto tiempo había esperado, cuando la tele se cruzó en mi camino, o tal vez fuera yo quien decidiese cruzarme en el suyo, cuando tuve la suerte de encontrar a quiénes me hicieron un hueco en ella, a quiénes a día de hoy me lo siguen haciendo. Los inicios fueron tan bonitos que en ningún momento me quitaron esa visión amable y divertida que tanto me atraía de la tele y es que, a diferencia de la mayoría, yo empecé a trabajar de la mano de los mejores.

“Piratas”, aquella serie que emitió Telecinco hace un par de años, fue el primer proyecto del que formé parte, el que me abrió camino en ese lugar tan difícil como atrayente. Fue allí dónde conocí a alguien a quien pasé de ver a través de una pantalla, a hacerlo cara a cara, fue allí donde conocí, entre otros muchos, a Pilar Rubio.

Son muchos los que hablan de ella, son muchos los que hablan demasiado, pero son pocos los que la conocen y yo tuve la suerte de conocerla de verdad. Con ella compartí muchos momentos, pasé horas y horas, hablé de todo y de nada, y es por eso por lo que puedo decir que Pilar, sin pretenderlo, me enseñó muchas cosas. Me demostró que cuando se trata de trabajar, ella no va a faltar, que era alguien en quien se podía confiar, y lo más importante, que detrás de esos personajes que aparecen en la pantalla también hay personas que ríen, que lo pasan mal y que se ponen nerviosas antes de salir a un plató. Pilar pasó de ser una compañera de trabajo a una amiga con la que disfruté de algunos de los mejores momentos de mi vida televisiva, tanto dentro, como fuera de ella y es que siempre le estaré agradecido por lo bien que se portó conmigo.

Aquella serie en la que muchos se dejaron la piel, no cuajó y fue entonces cuando descubrí que en la tele no todo era bonito, porque a la hora de ser injusta con el trabajo de los demás, se lleva la palma. No basta con merecerse un buen dato, con hacer un programa espectacular o con tener el mejor equipo, porque los que deciden son esos que tienen un mando y que, queriendo o sin querer, eligen desde casa.

Poco tiempo después, llegó a mi vida “No le digas a mamá que trabajo en la tele”. En aquel programa de humor de las tardes de Cuatro, tuve la oportunidad de ver cómo se hacía un formato desde cero, como pasaba de ser un papel a cobrar vida, como se hacían castings de presentadores, se buscaba equipo y se preparaba un directo. A ese programa dediqué buena parte de mi verano de 2011, el primero que pasé en Madrid, y allí viví muchas experiencias de las que aprendí, pasé buenos momentos y otros menos buenos, conocí a amigos que aún conservo como Leti, Laura, Bea o Kai, estuve horas y horas con algunos de los mejores cómicos del país como Goyo Jiménez, Dani Rovira o Iñaki Urrutia, disfruté como el que más al lado de grandes amigas como Lorena Castell y Ares Teixidó y encontré a la que a día de hoy es una de mis chicas favoritas, la que se convirtió en aquel verano en mi otra mitad, con la que compartí todo y con la que a día de hoy sigo compartiendo mucho, encontré a mi querida Ingrid Betancor.

En aquel programa también ví cómo sin darme cuenta me volví un poco imbécil, cómo me creía por encima del bien y del mal, cómo parecía que todo me daba igual aunque tal y como me correspondía, llegó un momento en el que lo pasé mal, supe lo que era no hablarse con la mitad de la redacción, entrar por otro lado para evitar encontrarse con quiénes preferías no cruzarte y desear con todas las fuerzas que llegara el final de la jornada laboral. Después de unos meses difíciles, el programa llegó a su fin, un fin que sentí más de lo que nunca habría imaginado, con el que descubrí que no sabemos lo que tenemos hasta que dejamos de tenerlo.

Tras eso, vinieron meses y meses de programas especiales y de reportajes sobre temas diversos, donde, además de conocer a gente qué recordar y a otra que olvidar, y trabajar con algunos de los mejores directores de este país, me convertí en el “chico comodín” lo que me sirvió para aprender más cosas sobre tele que otros en diez años de facultad. Minuté horas y horas de entrevistas interminables, supe lo que era pasarse el día con un micro detrás del famoso de turno y descubrí que cuando se trata de echar horas, nadie echa tantas como en la tele, porque allí, como siempre se dice las cosas se necesitaban para ayer. Después, vinieron otros programas en los que estoy ahora, como “Lo Sabe, No Lo Sabe” del que he descubierto que trabajar puede ser de lo más divertido, “Nada es igual” que me ha enseñado que hay muchas formas de hacer corazón y “Te vas a enterar”, donde he averiguado que a la hora de dar la información, todavía se puede innovar.

Hay quien dice que en la tele no hay amigos, pero sí los hay, simplemente tienes que saber buscarlos. Hay quien dice que todo es diversión pero no es verdad, quien crea eso le queda mucho que ver. Hay quien dice que no se trabaja pero lo cierto es que cuando se trata de trabajar, se trabaja donde más y hay quien dice que en la tele, lo mejor es lo que hay delante de la pantalla pero cuando descubran lo que hay detrás les gustará mucho más.

En los dos años que llevo en ella a la tele le he dado muchas horas de trabajo, de esfuerzo y de dedicación, pero nunca se lo podré reprochar porque, a pesar de los malos momentos, en ella he encontrado a algunos de mis mejores amigos, he aprendido más de lo que aprenderé jamás, he disfrutado minuto a minuto, he descubierto algunos de esos secretos que siempre quise saber, he sabido lo emocionante que es estar dentro de una sala de control, he conocido a gente que nunca habría esperado y he vivido grandes momentos que se quedarán en mi recuerdo, un recuerdo en el que siempre tendrá un hueco fundamental el mundo de la tele y es que la tele no es más que un mundo de locos del que me encanta formar parte.

“No somos nadie, pero valemos pa’ to”

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Ángel Ludeña.

 

 

 

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