Siempre fui un llorón.

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Podría decir que son estas fechas que me emocionan, que me ha pillado un pelín tristón, pero no, porque si hay algo que nunca podré negar es que yo siempre fui un llorón. Hay quien dice que llorar no es bueno, que es de débiles, que es la opción más fácil, que puede que sea la menos complicada. Hay quien decir, dice mucho y llorar, llora poco aunque puede que sea lo que más le convenía.

Nacemos llorando con el objetivo de vivir sonriendo, eso es innegable, aunque yo soy de los que piensa que hay muchas formas de llorar y muchos motivos para hacerlo, algunos, bastante buenos, y otros, que aunque son de los que pesan, en el fondo, compensan.

En mi familia estamos divididos. Mi madre y mi madrina, lloran mucho, mi prima Alba y yo también. Mi padre nunca llora, mi hermana y mi primo, rara vez. La familia de mi madre, llora en general, la de mi padre, lo prefiere evitar. Cuando hablo de llorar, no hablo de tristeza, porque nosotros si se trata de llorar, sabemos encontrar buenos motivos para hacerlo.

Lloré en los finales tristes de mis películas favoritas y en los alegres, a veces también. Lloré cuando debía llorar y cuando creía que tenía motivos para ello. Lloré con los programas de reencuentros y después de algún que otro conflicto sin arreglar. Lloré de alegría a rabiar tanto mía como de cualquiera al que el amor le correspondía. Lloré en los regresos y también en las despedidas, lloré de risa con chistes que poca gracia tenían y cuando no se cumplían los deseos que tanto pedía.

Lloré cuando me dejaron y también cuando me di cuenta de que algunas de aquellas historias se habían acabado. Lloré leyendo un libro de autor desconocido, con una canción en el césped de El Retiro y cuando recordé lo que pudo haber sido. Lloré cuando aprobé y también cuando suspendí, lloré de borrachera y estando de lo más sobrio, lloré viendo llorar y lloré viendo reír. Lloré cuando se fueron los que no se tenían que haber ido, los que estén donde estén no querrían verme llorar aunque sepan que es algo que no puedo evitar.

Lloré mucho y lo sigo haciendo pero hay algo que tengo claro, algo que he descubierto con el paso de los años. No llora quien más siente, llora quien puede, no quien quiere. Llorar hacía fuera es la mejor forma de expulsar los problemas, los conflictos, las penas. Llorar hacía dentro es demasiado complicado por eso nunca defenderé las absurdas teorías de si lloras más, quieres más, porque hay quien quiere y no puede, quien lo intenta y no lo consigue, quien no se atreve a demostrar sus sentimientos, a compartir penas y alegrías con los demás, porque las penas compartidas, son menos, las alegrías compartidas mucho más. Se puede llorar y no sentir. Se puede callar y sentir de verdad.

Mentiría si digo que me paso el día llorando porque, por suerte, cuando se trata de reír, río como el que más, pero tampoco podré negar que cuando tengo que llorar, no tengo problema en eso y es que siempre defenderé que llorar es bueno, que valoramos demasiado las sonrisas y atacamos sin sentido a las lágrimas aunque diga lo que diga tampoco seré muy imparcial. No podemos olvidar que yo siempre fui un llorón.

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Ángel Ludeña.

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