Todo el mundo quiere a Grey.

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Me encanta leer. Desde bien pequeño, siempre he pasado horas y horas acompañado de esos cuadernitos llenos de hojas plagadas de letras y, a día de hoy, aunque leo mucho menos, siempre que puedo me gusta rescatar esos viejos y nuevos amigos que nunca vienen mal si te apetece desconectar o si, tal vez, como me ocurre a mí, tienes esa necesidad.

Quedaría muy bien si dijese que me gusta leer de todo, que me encantan los clásicos, que sólo leo ensayos o que mi debilidad son las tragedias griegas y las historias de romanos pero no, porque para mí leer nunca fue una obligación sino un placer, por eso siempre me negué a tocar esos libros que quedaban tan bien y los cambié por historias que me hacían sentir, desconectar y evadirme de una realidad, que algún día nos viene genial dejar atrás.

Si bien es cierto que a lo largo de mi vida he leído de todo, porque al igual que todos, siempre he tenido profesores que nos “obligaban” a coger libros con interés cero, al menos para mí. Podría decir que de tanto como he leído en clase, de todos esos libros que allí me han recomendado, sólo me quedaría con uno, con uno que, aún siendo muy cortito, me demostró que los profesores había veces que no se equivocaban y es que “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” de Jardiel Poncela, me transmitió mucho más que todos esos libros que encabezan las listas de éxitos de ventas.

Mi infancia se la dediqué a Harry Potter, aquellos libros de un niño mago me hacían soñar y llevarme a un mundo que me gustaba mucho más que el que encontraba aquí, dónde había monstruos que se derribaban a golpe de varita, trenes mágicos que llevaban a castillos de ensueño y asignaturas más divertidas de las que nunca nos imaginásemos. El tiempo pasó y mis gustos cambiaron, y aunque en realidad, en estos momentos, no sabría enmarcarme dentro de ningún estilo sí que tengo algunos requisitos indispensables para dejar que un libro caiga entre mis manos.

No me gustan las historias cortas, los libros que se cogen y no pesan, porque no hay nada peor que engancharte a una historia que cuando la empiezas a disfrutar se tiene que acabar, por eso, siempre que puedo elijo alguno con muchas páginas y, aunque a algunos les da pereza empezar algo así, a mí me la da saber que si me gusta, pronto llegará a su fin. Me gustan las historias que tienen un componente que me enganche, que me atraiga, con personajes marcados y capítulos cuidados, las historias capaces de hacerme reír en la página 3 y llorar en la 100, que consiguen que no suelte el libro ni a la hora de comer, que ponerme a leer vuelva a ser un placer y que apague hasta el teléfono cuando se acerque el final para que a nadie se le ocurra molestarme en el momento clave, cuando se resuelve todo de la forma más inesperada, porque no hay nada que me guste más que un final imprevisible, bueno, puede que sí, y es que podréis llamar simple, pero a mí me pierde un final feliz, no sé si será porque todavía creo en ellos, en las historias que empiezan mal y acaban bien, en la felicidad al lado de quien se la haya ganado.

Me gustan las historias de amor y pasión pero también las de intriga y misterio, las historias emotivas y también las divertidas, las biografías y las novelas, pero no cualquiera. Siento decirlo pero no me gusta Federico Moccia y sus metros sobre el cielo, aunque a las pelis sí les haya dedicado mi tiempo, no me van los premios planeta ni Los Pilares de la Tierra, las historias de reinos y reinas me terminan cansando y la ciencia ficción, para quien le encuentre la diversión que, desde luego, no soy yo. He leído mucho pero aún me queda mucho más por leer.

Tengo pendiente coger esos libros de los que me han hablado muy bien, entre ellos, “El Alquimista” de Paulo Cohelo, o “El Principito”, que aunque hace mucho me lo regalaron con una dedicatoria que nunca olvidaré y aún no han tenido la oportunidad de ocupar un hueco en mi mesilla, sé que antes o después entrarán en mi vida.

Leer siempre me ha gustado y nunca lo he asociado, como pasa a muchos de mi edad, con estudiar, aunque puede que sea porque he sabido distinguir muy bien lo que es obligación de lo que es placer. Además, a mí me encanta ver que los demás leen, algo que aunque durante mucho tiempo no fue tan habitual, en los últimos meses y gracias a ciertas novelas “eróticas” se está poniendo de moda en quiénes nunca lo hicieron, aunque deba reconocer que un libro y medio después yo sigo sin entender por qué todo el mundo quiere a Grey.

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Ángel Ludeña.

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