Todos tenemos una historia.

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Todos nos enamoramos, nos ilusionamos, nos encaprichamos, o nos dejamos llevar. Todos tenemos historias que contar y otras que guardar. Sí, también alguna que olvidar, aunque yo sea de los que crean que de todo se aprende. Siempre he pensado que no podemos enamorarnos dos veces de la misma forma, no con la misma intensidad, no de la misma manera.

No diré si lo que escribo ahora es real, ficción o una mezcla de ambas dos, no diré si son tres de las historias reales, si una es real y dos no, si son todas falsas o si no son mías, sino de alguien cercano a mí, pero me gustaría hablar de tres historias importantes, de las de verdad, tres que no tienen por qué ser las más largas, pero sí, las que más me han hecho sentir, aunque ninguna de ellas, se volverá a repetir.

De la primera gran historia destacaría la inocencia, el desconocimiento, la aventura, las ganas de sentir, de enamorarme, de ser alguien más con algo que contar. Salió mal, pero no me arrepiento de ella. Podría buscar culpables, aunque probablemente el único fuese yo, el que fue demasiado rápido olvidando que la velocidad y la estabilidad, nunca fueron amigas. Me equivoqué en la forma de llevarlo, en el modo de hacerlo, en la manera de seguir una historia cuyo final estaba escrito antes que su propio inicio. Hice más daño del que me hizo a mí, aunque fuese eso lo que menos se merecía, y me disculpé diciendo que no podía sentir por alguien, por quien no sentía. Mentía, porque sentir, sí sentía pero no se qué, supongo que más cariño que amor, más aburrimiento que pasión, puede que entretenimiento o simple diversión. Se terminó y no volvió ni a dirigirme la palabra, ni a querer saber de mí, ahora con el tiempo, entiendo los motivos para aquello y me quedo con un buen recuerdo de alguien que conmigo siempre se portó bien, puede que incluso demasiado.

De la segunda gran historia destacaría la pasión, el dejarse llevar, el creer que estaba mal pero ser incapaz de parar. Era divertido en los inicios, dejó de serlo después. Lo que antes me gustaba, luego me molestaba, pensaba en romper acuerdos que sabía que eran irrompibles, intentaba cambiar a alguien que no quería cambiar, no escuchar lo que no quería, dejar de sentir lo que en realidad sentía. Habría sido muy fácil seguir el juego, pero cuando se trata de jugar, resulta demasiado complicado llegar a un acuerdo, si una de las partes sólo lo hace en horizontal, y la otra, quiere llegar a a algo más. Se terminó muy pronto para mí, demasiado tarde para mis sentimientos, aunque ahora, con el tiempo, no me arrepiento de no haber llegado más lejos. No sé nada sobre su vida, sé que tampoco sabe de la mía y me alegro, aunque ahora, todo haya quedado en un poco más que un recuerdo.

Y llegó la tercera, la tercera gran historia, de la que más he hablado, en la única en la que me he enamorado. Empezó siendo un juego, una simple apuesta en una cena de tantas. Entré queriendo entrar y salí sin querer salir, entré sin sentir y salí sintiendo. Inicié una guerra que me destruyó a mí más que a nadie, en la que todos y cada uno de los que estuvimos, perdimos el tiempo, la razón y nos dejamos llevar por nuestros sentimientos. Intenté jugar con el mundo para ver cómo era el mundo quien jugaba conmigo, discutí con quienes menos lo merecían, me creía todo aunque sabía que mentía.

No me porté bien, sino todo lo contrario y después de mucho tiempo peleando, me descuidé y perdí algo que en realidad nunca gané. Mentiras escondidas, verdades no dichas, distancias que nos separaban, me enamoraba de alguien que no se enamoró de mí, que en su momento llegué a dudar sin tan siquiera algo sintió y que además fue incapaz de terminar como lo hacen los valientes, a la cara, con la verdad y asumiendo la realidad. Un mensaje fue suficiente para acabar con aquella guerra de todo menos fría, con aquel “amor” que por su parte nunca lo fue. Hubo demasiado daño, necesité tiempo para superarlo, el suficiente para estar bien, para decidir una tarde de primavera, con dos cañas encima de la mesa, que no volvería a responder a sus mensajes, que aquella historia acababa ahí, que eso no me llevaba a ninguna parte. A día de hoy puedo presumir de superar aquello y aunque fue la única historia en la que me habría planteado una amistad después de acabar, no fue posible, porque no fueron las formas, ni tampoco los modos de acabar con ella, por eso no hay opción mejor que haber sacado de mi vida a quien fue fundamental en ella, a alguien que aunque no lo crea, le deseó que le vaya bien.

Después vinieron más historias, algunas de las que aprendí, otras que olvidé, y amigos y amigas que gané, pero lo más importante es que aprendí a no arrepentirme de ninguna de aquellas experiencias, a mantener todas y cada una de ellas en mi memoria porque al fin y al cabo, todos tenemos una historia.

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Ángel Ludeña.

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