Un beso, nada más.

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Me buscas entre cientos de personas agolpadas en la barra del bar más viejo de toda la ciudad. Me buscas y me encuentras. Cruzas tu mirada de forma inesperada justo en el momento en el que pongo mis ojos en ti. Giro rápido la cabeza, miro sutilmente al suelo con una mezcla de timidez y extrañeza y me muero de ganas de volverte a mirar, de ver como sigues ahí, mirándome con esa media sonrisa que me acaba de enamorar, esa que me obliga irremediablemente a sonreír a mí.

Sigues a tu ritmo, haces como que sigues sin verme, como si fuese uno más de todos los que tus ojos han visto en un local  demasiado oscuro. Me doy cuenta tarde y cuando quiero volver la cabeza ya no me miras. Me doy la vuelta y sigo pidiendo un ron con limón y mucho hielo mientras busco desesperado una mano amiga que me saque del momento soledad en la barra del bar. La música suena pero no sabría decirte qué canción es. La he oído cientos de veces pero no sé su nombre aunque tampoco lo necesito para tararear esa melodía que nos sabemos todos.

Me voy relajando, me dejo llevar y empiezo a olvidar esa cara que no ha sido más que una mirada cruzada. Me muevo despacio por el local, buscando un hueco entre unos cuantos que no parecen dispuestos a hacérmelo. Creo que te busco a ti o puede que un poco a mí. No entiendo por qué te busco si no te conozco, por qué necesito verte otra vez cuando ni tan siquiera te he visto una primera, por qué intento encontrarte si no sé si sigues ahí, si estás tan cerca de mí como hace unos segundos aunque ahora parezcan horas.

Alguien me agarra la mano sin que tenga tiempo a reaccionar, no me deja que me dé la vuelta, que me vuelva para mirar. Eres tú. Sí, tú. Acercas suavemente tu boca a mí oído pero no me dices nada, yo, en ese instante, me olvido de hablar. Me llevas fuera mientras mi cuerpo sigue completamente paralizado aunque no deja de andar. Creo que no conoces el local pero da igual, te manejas con decisión, sabes moverme tan despacio como deprisa, sin fuerza pero con precisión. Cuando me voy a dar cuenta estoy fuera.

El invierno ya se ha ido, la primavera está por llegar pero no hace frío. Aun así, noto como la brisa de la ciudad, tan diferente a la del mar, entra por mi camisa y recorre mi espalda haciendo que me estremezca. Sigues andando y yo voy detrás. Nos vamos alejando de la gente, del tabaco, del alcohol y me voy acercando a ti. Quiero verte bien, ni tan siquiera te he visto así aunque tampoco lo necesito. Tú eres tan tú. Tú eres tan poco yo que me encanta que seas tan tú.

Paras en seco aunque aún sostienes mi mano. Me das la espalda y vas tirando de mí, vas acercándome mientras yo no pienso, mientras me dejo llevar. En este instante estamos tan cerca que decir centímetros sería exagerar. Te giras, me miras y te acercas aún más. No sé cómo te miro porque no sé cómo mirarte. No me das tiempo a más. Rozas tus labios con los míos muy despacio. Mis ojos se van cerrando pero ni tan siquiera lo noto porque estoy dejando de sentir todo para sentirte un poco más a ti. Estás justo ahí, nuestros labios se van mezclando y rozando sin miedo a desgastarse. Sube la velocidad, el ritmo es cada vez más, el mundo ha dejado de girar. Noto como tus manos recorren mi cuerpo, como las mías tocan el tuyo, se agarran a ti. No quiero despegarme pero quiero más. Tú también lo quieres. Dejamos los labios atrás y me acerco a tu cuello. Huele a ti. No es colonia cara pero es absolutamente perfecta. Te rozo suavemente mientras veo que tus ojos también están cerrados. Me centro en tu cuello, dándote pequeños roces que me hacen sentirte aún más cerca de ti. Me abrazas más fuerte con miedo a soltarme. No me voy a ir, quiero estar aquí.

No sé el tiempo que ha pasado, cuanto llevamos en este callejón al que no quiero verle la salida. La noche se va yendo. El día entrando. Yo, más amigo de la noche. Tú, puede que del día. La luz va entrando, la oscuridad saliendo y tú con ella. Abro los ojos y ya no estás. Te has ido tan deprisa como viniste. Quiero preguntarte por qué así pero no me das tiempo a hacerlo. Se termina la función. No sé quien eres. No sé cuál es tu nombre. No sé la edad que tienes. Tampoco me importa. Tampoco lo necesito porque parándome a pensar, has sido un beso, nada más.

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Ángel Ludeña.

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