Leti.

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No es su cumpleaños ni nada por el estilo. No es una fecha especial ni un día señalado. Tampoco lo necesito para escribir de Leti, para escribir de alguien que pasó de ser una persona conocida a fundamental en mi vida.

Nos conocimos un verano que fue de todo menos fácil, un verano en Madrid con temperaturas extremas y corazones agitados, con vidas que se consumían deprisa, amores olvidados y otros que volvían, otros que tal vez nunca se fueron. Compartíamos horas y horas en la redacción de un programa de televisión, cigarros en el pasillo más famoso de Telecinco, cervezas en nuestro bar favorito de Sol y secretos en la sala de edición, pero se terminó.

Aquel verano, empecé a estar por encima del bien y del mal y como tal, terminé sin hablarme con toda aquella redacción y Leti, no fue una excepción. Cuando aquel programa acabó y nos despedimos, ella ya lo dijo, que dos personas como nosotros siempre terminábamos encontrándonos, y así fue. Una navidad, hace un año, recibí un mensaje en el que me decía lo que yo también pensaba, que era momento de vernos y olvidar lo demás, quedarnos con lo que de verdad valía la pena.

Volvimos a trabajar juntos, a convertirnos en confidentes, a compartir horas y horas de nuestras vidas. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que iban en paralelo, que éramos más iguales de lo que pensábamos, que nos pasaban cosas imprevisibles, que teníamos a demasiados empeñados en hacernos daño.

Durante aquel tiempo tuvimos cientos de altibajos, vivimos momentos inolvidables y otros que es mejor ni guardar, pero juntos, ya fuese sentados en el ordenador de la oficina o en la quinta mesa de cualquier bar, ella estaba a mi lado y yo al suyo. Nos convertimos en inseparables, nos apoyamos tanto y más de lo que alguien pudiese pensar y lo pasamos mal, realmente mal.

Un día, el más inesperado, mi vida sufrió un revés, alguien que era fundamental en ella hasta entonces, decidió salir sin avisar, sin tan siquiera preguntar si estaría bien, sin querer saber si después de aquello podría seguir siendo yo. Mentiría si dijese que ELLAS no estuvieron entonces pero, si hubo alguien en quien me refugié de verdad fue en Leti. Recuerdo como aquella misma noche, me sentó en una mesa del VIPS, pidió la cena y no paró de hablar mientras yo me negaba a pronunciar ni una sola palabra, mientras yo tenía suficiente con llorar y recordar a quien menos lo merecía. A partir de ese momento, Leti se convirtió en mi incansable compañera de batallas. Ella sabía por lo que estaba pasando, ella me entendía mejor que nadie, comprendía cómo me sentía y me decía lo que quería, no lo que debía.

Aquellas semanas fueron horribles pero sin Leti habrían sido mucho peores. Marcamos una rutina diaria, una en la que sólo había una regla: no estar solos. Salíamos más que entrábamos, no pisábamos nuestras casas y vivíamos al límite. Hicimos de las calles nuestro refugio, de la cerveza con limón, una buena consejera y del whatsapp, nuestro mejor compañero cuando estábamos separados. Si algo aprendimos aquellos días, si algo me enseñó ella, fue a sonreír aunque no pudiéramos, a levantarnos de unas camas de las que no queríamos salir, y a plantarle cara al mundo y decir a todos que estábamos bien, porque aunque eso no fuese más que una careta, en ese momento, era lo que más necesitábamos.

De cara a todos, íbamos siempre perfectos, con la sonrisa puesta y las penas en casa. Pocos sabían cómo estábamos en realidad, y los que sí lo hacían siempre decían que no nos hacíamos ningún bien, que nos alimentábamos mutuamente, que nos dábamos alas, que nos decíamos lo que queríamos oír. Todos esos no sabían que eso era en realidad lo que necesitábamos, que nos hacía falta una tregua para recuperarnos y volver a ser los de siempre. Después de un tiempo así, una tarde cualquiera, con dos cervezas encima de la mesa, hicimos una promesa, aquellas malditas historias se acababan ahí, nos tocaba ser felices, y esa vez de verdad. A partir de ese momento todo cambió. Nuestra forma de pensar y también de vivir.

El verano fue diferente y después de tanto, nos hizo falta tomar un descanso y desconectar para volver tiempo después a ser nosotros, los mismos de siempre, los que pasaron de llorar por lo que perdían, a sonreír por lo que tenían. Leti es fundamental para mí, porque ella es diferente, porque ella es especial. Muchos creen conocerla pero pocos la conocen de verdad, porque es capaz de pintarse los labios de rojo y ponerse un par de tacones para demostrarle al mundo que ella está ahí, aun cuando lo que menos le apetezca sea eso, porque de Leti aprendí que los problemas se superan en las calles, que en las rupturas se puede llorar pero mejor que en casa, que sea en un bar, que hasta cuando creas que no puedes parar de estar mal, sacará alguna de sus frases con las que te hará reír, que “a nosotros siempre que nos dejen será por alguien peor” y que si dos personas están destinadas a encontrarse, se encontrarán, sea cual sea, el tiempo y también en lugar.

Junto a Leti descubrí, que es absurdo desperdiciar el tiempo pensando en quiénes nunca pensarían en nosotros y que aunque la vida es de todo menos fácil, aún en los peores momentos, hay que encontrar la forma de ser feliz, por eso es alguien a quien quiero siempre cerca de mí.

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Ángel Ludeña.

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2 pensamientos en “Leti.

  1. Voy a seguir tu blog, es interesante como escribes. No sé cómo pero me hace recordar muchas cosas vividas.

    Que tengas mucha suerte.
    Un saludo.

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