Sobrevivir a un hospital.

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A nadie le gustan los hospitales. A los que les ha tocado visitarlos a menudo, menos aún. Hay quien cree que un hospital no es más que un edificio de paredes grises lleno de gente con batas blancas, pero no, un hospital es todo un mundo, un mundo que, como todos, tiene sus reglas. En la teoría a los hospitales se va a curarse, y sí, es cierto, pero también lo es que esa curación se hace mucho más llevadera si tienes claro cómo hacer frente a la vida allí porque sobrevivir a un hospital puede llegar a ser hasta más complicado que la propia enfermedad. Por todo esto, quiero escribir los diez mandamientos que todo aquel que haya estado un tiempo en el hospital, ya conoce, los diez que todo el mundo, al entrar, debería conocer.

-Salas de espera: Eres nuevo e inocente. Llegas a una sala plagada de gente de lo más variopinta y ves un único sitio libre. Te sientas y ¡zas!. Un grupo de señoras te asaltarán. En un tiempo récord se sabrán tu historial médico al completo y te habrán contado el suyo a detalle ya sea una operación a corazón abierto o una muela picada, les dará igual porque cuando se trata de hablar, no se van a callar. Tú sonríe, contesta, sé educado y sobre todo, no les hagas caso. Te dirán que conocen a “nosecuántos” con lo mismo que tú, que te prepares para lo que se te viene encima, que a ellas, eso mismo, casi les cuesta la vida. Da igual lo que tengas, te lo dirán, exagerarán y sí, también inventarán porque es completamente imposible que tengan casos conocidos de todas y cada una de las enfermedades existentes en la medicina.

-Pruebas: La sala de espera está llena, los números no paran de pasar y el tuyo no llega. No puedes más. Te acercas a la puerta y ves el cartel de “PROHIBIDO PASAR”, tú pasa. Te encontrarás con alguien que te intentará echar y te dirá eso de “ahora te llamarán”. Tú le pides que te busque en la lista, pones cara de pena, de mucha pena, y si tienes un dolor concreto, lo refuerzas con un sutil “ay”. Caerá. Te aseguro que serás el próximo al que llamarán.

-Ingresos: Si te tienen que ingresar, prepárate para negociar. Si te dicen que es para “observación” ofréceles la otra opción. “Me voy a casa y vuelvo mañana” o “si me encuentro peor, vengo enseguida” son algunos de los posibles argumentos con los que convencerles de que dejarte allí no es la solución. Si no tienes más remedio que quedarte, lucha por la “mejor habitación”. Si tiene luz y ventilación, no te lo pienses. No busques otra mejor. No existe. Coloca cosas que te resulten familiares repartidas por ésta y nunca aceptes esa bata a la que llaman pijama como vestuario allí. Te llevas el tuyo que te aseguro que aunque te digan que no, quitártelo, no te lo van a quitar.

-Visitas: Llega el momento de los horarios. En todas las unidades del hospital hay un cartelito en el que pone cuando sí y cuando no, te pueden visitar. Si tus visitas se adaptan al mismo, perfecto, si no, negocia. En los hospitales, como en la guerra, cuando se trata de negociar, tienes que poner todo tu empeño. Te inventas cualquier excusa, si funciona bien y si no te queda otra opción que llorar, pues lloras. Si lo haces bien, pasar, pasará. Cuando lo intenten sacar, recurre al cinco minutos más que a lo tonto, su media hora de más, se puede lograr.

-Comida: Nunca, nunca, nunca, comas la comida del hospital. De primeras puede que te intenten engañar pero no caigas. El olor a hospital (ese olor existe, digan lo que digan) te apartará automáticamente de esa asquerosa bandeja marrón llena de huecos que rellenan con eso a lo que llaman comida. Si puedes, que te traigan la comida de casa y si no, aprende a seleccionar de la propia bandeja. Come sólo lo que esté envasado previamente: las galletas del desayuno, el pan de la comida y el yoghurt de la cena. Si eres de los que cree que con eso no se puede vivir, te digo yo que sí, que más vale morir de desnutrición que de intoxicación.

-Análisis: Si estás en un hospital te van a pinchar nada más entrar. Ellos lo llaman “cogerte una vía”, tú “la primera forma de fastidiar”. Si eres de venas fáciles, un pinchazo y ya está. Si eres de los que como yo, somos difíciles de pinchar, prepárate. Fíjate muy bien en quien te pincha. Si ves que busca mucho, pincha y una vez pinchado, empieza a rebuscar, miedo. Está aprendiendo a pinchar. Una mañana aprendieron a pinchar conmigo, trece veces, y no, no es una forma de hablar. El resultado: Brazos agujereados hasta que te pedirán la mano pero no para casarte, si no para pincharte. En la mano duele más. Él que avisa, no es traidor.

-MIR: Según la RAE, los MIR son “médicos internos residentes”, vamos, los que quieren especializarse y hacen sus prácticas en el hospital. Los reconocerás fácilmente. Un día entrará a tu habitación un séquito de batas blancas más joven que de costumbre, acompañado de tu médico habitual. Éste, te presentará y todos te miraran como si fueses un producto a analizar. El médico les contará lo que te pasa y empezaran a teorizar. Usarán palabras que ni conoces, ni quieres conocer, hablarán de posibles tratamientos y no pararán de preguntarte poniendo más interés en ti, que tú mismo y que, por supuesto, tu propio médico. Al principio me caían mal, luego les pillé el truco: habla con ellos, cuéntales lo que te pasa y conviértelos en tus aliados. No hay mejor comunicación entre un paciente y un médico experimentado que un MIR recién llegado.

-Enfermeras: La clave de toda estancia en el hospital. Un hospital no sería nada sin las enfermeras. Las clasificarás rápido, están las que caen bien y las que caen mal, y es que con ellas, o blanco o negro, no existe el término medio. Gánate a las buenas, ignora a las malas. Las buenas te tratarán genial, te cuidarán de verdad, te darán caprichitos y se preocuparán por ti a cambio de un par de sonrisas.

-Médicos: Aquí los tenemos. Los intentamos evitar pero llegan, siempre llegan, aunque a veces un poco tarde. Los clásicos “batas blancas” o verdes, si vienen de operar, son el alma del hospital. Al igual que las enfermeras, los hay que caen bien, y los hay que caen mal pero, al contrario que con ellas, con ellos te tienes que aguantar y llevarte bien es completamente fundamental. Suelen ir de “duritos”, de “eres otro más de los que vienen por aquí” pero por experiencia os digo que tienen su corazoncito. Yo los he visto llorar, pasarse horas y horas pegados a la cama de un paciente y luchar por salvarlo igual que si fuese su propio hijo. Yo me he reído y llorado con los médicos, he hablado con ellos de mis clases, mis amigos y mis exámenes, me han venido a visitar a casa y me han dado algunas de las mejores noticias de mi vida. Al principio les tenía miedo, luego el miedo que tenía era que no estuviesen y es que, aunque es cierto que hay de todo, si hay un trabajo vocacional, difícil y que te tiene que gustar, es ese, que para sentarse en una oficina y ponerse a sumar, valen muchos, para salvar vidas y dedicar la tuya a ello, bastantes menos.

-La hora del café: Otras cosa que no debes olvidar es que en los hospitales, cuando tengas prisa por algo, te tocará esperar, especialmente en el momento clave, en la hora del café, esos minutos que hay quien los alarga demasiado, esos en los que todo se paraliza. No intentes luchar contra ello, no podrás y es que para médicos, enfermeras, auxiliares y demás, la hora del café es completamente fundamental.

Si vivir en la calle ya de por sí no es fácil, allí mucho menos pero, cuando estamos mal, no queda otra, así que puestos a estar allí, nunca vienen mal estos diez mandamientos para sobrevivir a un hospital.

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Ángel Ludeña.

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