Ven y abrázame.

Abuela

Hoy necesitaba escribirte de nuevo. No sé cuando fue la última vez que lo hice pero me da igual porque no podía esperar más y es que aunque no te imaginas lo difícil que se me hace contarte las cosas por aquí y no tenerte delante para podértelas decir cogiéndote de la mano como a mí tanto me gustaba, sé que donde quiera que estés, me lees, y con eso me tengo que quedar.

Desde que te fuiste, muchas cosas han cambiado pero debo decirte que todos seguimos cumpliendo esa promesa que te hicimos, la de que estaríamos siempre juntos pasase lo que pasase, y es que para una cosa que nos pediste, estaba mal no hacerte caso. Aquel maldito verano en el que tu corazón dejó de latir dentro de ti para empezar a hacerlo dentro de todos los que te recordamos cada día, fue muy difícil. Esa casa en la que pasé todos los veranos de mi vida ya no era igual, ya no tenía esa vida que tú le dabas, ese ruido tan especial, ese tú que para todos era fundamental. Antes de darme cuenta tuve que volver a Madrid, esa ciudad en la que siempre contabas que tenía unos precios que te asustaban, esa ciudad que tanto miedo te daba pero que aceptabas porque sabías que era donde yo más disfrutaba.

El curso empezó y no le hice demasiado caso porque abuela, entre tú y yo, periodismo no es muy difícil pero no se lo digas a los demás, que no sabes la de veces que lo tengo que escuchar. El trabajo siguió como siempre, con sus altos y sus bajos pero con ese ritmo trepidante que a mí tanto me gusta, y mi vida continuó de la misma forma, disfrutando del momento, saliendo más que entrando y viviendo, sobre todo eso y es que aunque muchos les parecerá una tontería decirte esto, tú sabes que para mí no lo es, que muchas veces vivir es más complicado de lo que creen.

En la familia todo está bien. Bien dentro de lo que cabe que nos conoces lo suficiente para saber que nunca no estamos quietos y que siempre, siempre, siempre, tenemos que buscarnos algún entretenimiento. Mi hermana sigue con su millón de cosas, la prima Alba más aplicada que nunca, el primo Diego más centrado que antes, Sonia tan loca como siempre, Zaida siendo aún más valiente y Elena convirtiéndose en una madre estupenda con una niña preciosa que no para de crecer. Mi madre me sigue llamando cada día un millón de veces y viene mucho a Madrid a verme que ya sabes que a ella y a mí se nos hace raro estar separados. La madrina, de fiesta en fiesta, y la tita Mari demostrando por qué siempre fue el mejor ejemplo de la fuerza.

Y yo, abuela, pues no sé, qué te voy a decir de mí si tú me conoces mejor que yo mismo. Llevo fatal el frío de la capital, me sigue costando un montón levantarme por las mañanas y soy incapaz de acostarme antes de las dos de la madrugada. Ya sabes que siempre tengo un plan para salir, la cocina se me sigue resistiendo y me paso el día yendo y viniendo en ese coche tan bonito al que he terminado pillándole el truco. Estudiar, ya te he dicho que estudio poco, y trabajar, la verdad que bastante pero me gusta tanto que no me importa, además de que no me puedo quejar, que trabajar, lo que se dice trabajar, tú sí que trabajaste de verdad.

Y sí, no te preocupes que no me voy a escapar, que de amor también te voy a hablar aunque la verdad, un poco mal. Yo no sé el abuelo y tú que hicisteis para encajar tan bien pero a mí me cuesta bastante más así que, por el momento, tengo el corazón sin ocupar, pero no me importa que cómo tú siempre decías tengo edad de disfrutar, de conocer a mucha gente, ganarme buenos amigos y ser feliz con todos y conmigo mismo.

Esta navidad tengo que decirte que fue muy difícil sin ti pero te aseguro que lo hicimos todo como a ti tanto te gustaba y que mi madre y la madrina se encargaron de que tus costumbres tampoco faltaran. Bueno y a ti, ¿qué tal te va por allí? ¿te has convertido ya en el abuela favorita de todos cómo hiciste aquí?.

Yo te he hablado de nosotros pero quiero hacerte algún encargo. Dile al abuelo Pedro que el Gobierno la está liando tanto que no se imagina los disgustos que se está ahorrando, a mi abuelo Salvador, que seguro que también lo verás por allí, que mi abuela está bien y sus hijos y sus nietos también, busca al abuelo de Sheila y dile que su nieta y yo nos acordamos mucho de vosotros, y a todos los demás que los echamos de menos pero que sabemos que están genial, que la vida aquí es más difícil sin ellos pero que nos dejaron preparados para enfrentarnos a los problemas y disfrutar de los buenos momentos y que aunque no les veamos, sabemos que están con nosotros.

Y a ti, abuela, a ti sólo puedo decirte una última cosa: deja de leer esta carta y aunque sólo sea esta vez, ven y abrázame.

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Ángel Ludeña.

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