No dejes que me enamore de ti.

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No. No me mires así. Quita esa sonrisa perfecta con la que tanto dices sin decir nada. Todavía no he abierto casi los ojos y ya noto que te tengo al lado. Como siempre todo el edredón está en mi lado. ¿Por qué nunca me lo quitas? Hace frío fuera pero tú pareces no tenerlo.

No. No me des los “buenos días” con esa voz tan perfecta cuando la mía parece de ultratumba. Te pones de pie y parece que estuvieses en tu mejor momento. Vas a la cocina y al minuto huele a café y tostadas. No. Te asomas a la puerta diciéndome ¡vamos!, quiero quedarme un rato más dentro de una cama que en apenas unos segundos se ha quedado vacía. ¿Por qué te sale tan rico el café? Puede que sea de cápsulas pero cuando tú lo haces sabe diferente. Después de un rato hablando me he dado cuenta que ni siquiera la tele está puesta. En cambio, contigo no hay silencios o puede que los haya pero son increíblemente perfectos.

No. No me quiero duchar contigo que luego ya sabes lo que pasa. Siempre terminamos llegando tarde. Una vez más, llevamos una hora de retraso. No. No me quites el volante, el coche quiero llevarlo yo. Paso de estar todo el camino mirándote conducir mientras haces como que no te das cuenta. No, no me presentes a tus amigos que me da miedo no caerles bien. Vale, sí, venga, preséntamelos pero nos quedamos sólo un ratito. Dos horas y aquí seguimos. ¿Por qué son tan geniales? Para qué preguntaré, lo son porque son tus amigos.

No. No me lleves a ese parque inmenso en el que parece que el césped le ha pedido una tregua a la gran ciudad. ¡Qué bien se respira aquí! ¿Por qué consigues caerle bien a todos los perros y también a sus dueños? No. No vayamos a comer a ese sitio del que tanto me hablas que ya te he dicho que la tortilla de patatas no puede saber mejor allí. Vale, joder, pues sí. Me molesta darte la razón aunque me muera cada vez que sonríes cuando te la doy.

No. No pidas ese cucurucho de chocolate a medias que me da vergüenza que todos miren cómo lo compartimos. Ya lo has pedido. La verdad, me da igual que miren, es más sé que te miran a ti y yo los miro a ellos pensando, sí, soy yo quien está aquí tomando de su helado. Siempre odié sentarme en el césped pero contigo es diferente. Ya estamos sentados y sacas la cámara. No. No te voy a dejar que me hagas fotos. ¡Qué no sé sonreír! Me haces mil y no me gusta ninguna. No te pueden gustar todas, no mientas, que en las fotos salgo fatal. No te rías. Que sí, es verdad. ¿Por qué parece que el Sol de Febrero si estoy contigo calienta más que el de Junio? Se ha pasado la tarde y no me he dado ni cuenta. ¿Y mi móvil? No sé ni dónde lo tengo. Vale, tengo que reconocer que puedo vivir sin él, al menos, si lo cambio por ti. Esa peli no me gusta. Ya estamos en el cine y no hay nadie. No sé que hacemos un sábado en el cine, la verdad. Me encanta ver cómo te ríes, yo a la peli no le veo ninguna gracia, te la veo toda a ti. Ni si quiera sé cómo ha terminado pero me da igual. Llegamos a mi casa y sigue sin haber nadie. Es tarde. No, no pidas sushi que sé que no te gusta. Si te vieses la cara que pones cuando lo tomas, sabrías por qué lo sé. Ya estamos tirados en el sofá con una manta inmensa que de nuevo tengo yo.

No, no me pasa nada, sólo que es sábado y estamos en el sofá. ¿Qué si quiero salir? No, no vamos a salir, no a estas horas. ¿Por qué tengo la camisa puesta y ya estoy peinado? El local está lleno y no sé ni cómo, consigues dos copas antes que el resto. No necesito decirte que ron con limón. Sé que tú eres más de gintonic.  No, no bailes así que me dejas en ridículo a mí. Todos te vuelven a mirar. Siempre fui celoso pero contigo no, al revés, me gusta que te miren y saber que no te van a lograr, al menos, no hoy. No sé ni que hora es pero estoy tan cansado, no hemos parado. Abres la puerta porque sabes mejor que yo dónde tengo las llaves. Me llevas a mi habitación. Cierras la puerta. Me abrazas dándome la sensación de que no quieres que me vaya. Me besas con ganas.

No, no me beses en el cuello que ya sabes lo que pasa. Adiós a la ropa. Adiós a mí. La luz entra por las rendijas y me giro. Tú no estás al lado. Me da miedo llamarte por si no estás. Suena mi móvil y tengo un mensaje. Eres tú. Lo abro con miedo. “Tenemos que hablar”. No sé qué decir ni qué contestarte. No, tú no puedes hacerme eso. Tú no. La puerta se abre de golpe y ahí estás. “¿No me piensas contestar?”. No sé qué responder. “¿Por qué sigues ahí?”. “Ya te he dicho que no me voy a ir”. Te acercas, me miras y lo sueltas: “Te quiero”. No te respondo. No sé qué decir. “Yo a ti no”. “Me quieres y aún no lo sabes pero te lo pienso demostrar”. Vuelves a sonreír y entonces hablo por fin: “¿Me prometes una cosa?”. “Sí”. “No dejes que me enamore de ti”.

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Ángel Ludeña

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