Hazme un sitio y ¡vámonos!.

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Hace tanto frío que parece imposible que algún día vuelva a calentar el sol como ese verano, ese en el que tanto calor pasamos entre las cuatro paredes de tu habitación.

Siempre me pongo el abrigo azul de botones marrones que tanto te gustaba por si te encuentro, que nadie aquí ha dicho que no volvamos a encontrarnos. ¿O sí? No sé, a veces, me pregunto si te acuerdas de mí. Yo de ti, sí, por eso, hoy te escribo a ti aunque sé que no vas a leer esto, porque no sabes que tengo un blog y, aunque lo supieras, tampoco lo leerías, nunca te gustó que la gente hablase de su vida, porque tú odiabas que te preguntaran por la tuya.

¿Sabes qué? A veces, pienso en ti y en lo que podríamos haber sido, y sí, en lo que nunca fuimos. En realidad, nunca supe si llegamos a ser algo más que dos perdidos con ganas de encontrarse. Yo te buscaba a ti, tú me encontraste a mí. Estábamos equivocándonos con todo aquello pero si era contigo, me encantaba equivocarme, una y otra vez, sin parar, sin ni tan siquiera hablar. Contigo nunca lo necesité, o quizás, no lo necesitaste tú que ya sabes que decidir, nunca decidía yo.

Pensarás que aquello acabó mal, que yo me enfadé contigo, que aquel portazo a tu coche fue el final precipitado de una historia que ni siquiera había empezado porque lo nuestro, nunca empezó y si no hubo inicio, tampoco sé por qué tuvo que tener final.

Joder, eras tan genial. No sé si me enamoré de ti, creo que no, porque tú no querías, porque siempre repetías que no podía olvidar lo que era aquello y ni te imaginas lo que yo creía, lo que pensaba, y pienso, que no querías que te quisiera, pero yo sí te quería aunque para ti mis 18 años y una vida por delante no te parecieran bastante. Te enfadarías si leyeses esto, me repetirías que no tengo ni idea, que tú no eras alguien para mí. ¿Por qué no? Ni siquiera lo intentaste, fuiste muy cobarde. Nunca te lo dije que siempre pensé que sentirías algo por mí, que seguro que algún día me echarías de menos y pensarías que igual podríamos ser algo más que una historia de esas que no se pueden contar.

Casi nunca te vi sonreír, siempre tenías el mismo gesto y una cosa de la que no sé si te diste cuenta, nunca me abrazaste. No te lo dije pero lo eché de menos, a mí tus besos y tus “mejores momentos”, no me parecían bastante si no te tenía cuando quería abrazarte, igual lo sabías, sí pero pasaste. Siempre que nos veíamos eras tú quien decía dónde y cuando, era yo quien te esperaba sentado en aquel banco. Te enfadabas si llegaba tarde, te molestaba si me iba pronto, odiabas que no te cogiese el móvil y casi nunca hablabas. Era yo quien te contaba todo, si me peleaba con mis amigas, si me quería ir a Madrid, si me había ido a pasarme en el barco o si pretendía salir de fiesta en ese local de nombre impronunciable. Escuchabas bien,al menos, parecía que lo hacías y sí, con eso me valía.

Esa historia fue de todo menos normal y digo “esa” porque ni siquiera me atrevo a decir que fuese nuestra, sé que tú tenías a más pero si quería verte, me tenía que conformar. No era justo para mí pero me hacía feliz y yo no necesitaba más que eso para seguir contigo. Se terminó porque cometí el error que siempre supiste, porque sentí de más por alguien que me quería de menos, pero no me arrepiento de eso y aunque nunca te lo dije, sabías que eso era así.

A veces, cuando me acuerdo de ti, me da rabia pensar que ya no te acordaras de mí y me planteo lo que me gustaría presentarme delante de ti y decirte: “ahora soy yo quien no voy a estar contigo”, porque no te lo mereces, porque yo ya no soy el mismo al que sentabas en el copiloto y mirabas de reojo, no soy mejor, pero sí diferente, al menos lo suficiente para no seguir con algo que me hacía más daño del que yo te hice a ti. No te diré que te he perdonado todo lo que ocurrió porque, aunque no me creas, no hay nada que perdonar, tú fuiste tú y ya está.

A pesar de todo, hay algo que debes saber. Quiero contarte un secreto, uno que sólo te voy a decir a ti. Si un día me ves cruzar y vas en tu coche, pítame, párate a mi lado y no me digas nada, que seré yo quien decida entonces, y prepárate porque puede que siga andando sin mirar para atrás pero también está la opción de que abra la puerta para decirte: hazme un sitio y ¡vámonos!.

Ángel Ludeña.

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