Quizá eras tú.

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Nunca creí en el amor a primera vista pero siempre defendí que teníamos que guiarnos únicamente por lo que nos hacía sentir, sobre todo cuando se trataba de ese sentimiento que surgía cuando el corazón te decía. Si sentía por alguien a quien apenas conocía, allí que iba, directo, sin pensar en nada más. Si no sentía de primeras ni me paraba a mirar, por eso, en las historias más importantes que viví,  caminé sin parar y tropecé donde siempre supe que tropezaría.

Aún así, siempre repetía que no me arrepentía porque había seguido mis sentimientos, me había guiado por lo que en ese momento sentía y dejarse llevar por eso era una decisión en la que jamás retrocedería. No me arrepentiría pero no dejaba de llorar, de pensar que después de aquellas historias no podría volver a sentir igual, que ya no me volvería a enamorar.

Todos me decían que no podía seguir así, que no me cerrase en aquello, que estaba perdiendo oportunidades de conocer a gente que merecía la pena, que no podía pasarme la vida cerrado en una historia sin final que puede que ni tan siquiera tuviese un inicio de los de verdad.

Yo decía que estaba bien, que quería volverme a enamorar pero mentía porque fuese quien fuese quien tenía delante siempre decía lo mismo, que me podría gustar pero que no era igual, que yo necesitaba encontrar a alguien que me hiciese sentir como que en aquellas viejas historias, que quería a una persona que con una sonrisa me borrase todas aquellas de la memoria.

Y sí. Me equivoqué, aunque haya tardado en darme cuenta de eso y es que ahora he decidido que sentir quiero sentir, pero todo a su debido tiempo.

De nada me sirve vivir una semana de atracción, de besos en cualquier rincón y vidas compartidas si más pronto que tarde dejará de formar parte de la mía. Yo ya no quiero millones de mensajes a cada instante si los días que pasemos juntos pueden contarse con los dedos de las manos y puede que ni tan siquiera necesitemos las dos. No quiero hablar de un futuro juntos cuando antes del mediodía habrá decidido que formo parte de su pasado igual que tampoco me vale que me presente a todos sus amigos si cuando me los cruce poco después girarán la cara y se negarán a mirar a alguien que para ellos es digno de olvidar. Y por supuesto, no quiero que me diga te quiero el primer día si cada vez que lo pronuncia está quitándole vida a una historia de amor en la que puede que sea justamente eso lo que más falta.

Alguien muy importante en mi vida me dijo que el problema que yo tenía era que me cerraba puertas sin ni tan siquiera abrirlas, y sí, es verdad, pero ya no, porque aunque me ha costado, he comprendido que el mundo no sería mundo sin gente que da oportunidades y sobre todo sin gente que sabe aprovecharlas.

Si conozco a alguien que quiere conocerme a mí, no empezaré a poner barreras antes del más mínimo acercamiento porque puede que aun tenga en mente a cualquiera que no se lo merezca pero no se pierde nada tomando un café y dedicando la tarde a una larga charla en la que puedo llegar a pasarlo realmente bien.

Yo ya no me haré de rogar en un intento de parecer interesante, que el interés igual que viene se va y el tiempo no está para perderlo porque seguro que habrá alguien dispuesto a aprovecharlo por ti. Además, no me importará ir despacio, conociendo sin prisas pero de verdad, que puede que no encuentre al amor de mi vida pero sí a alguien que me pueda aportar quien sabe si una bonita amistad.

Nunca más descartaré a quien tenga delante por el simple hecho de que no cumpla los requisitos de la pareja ideal, porque si algo he aprendido es que en la variedad está el gusto y que las normas no están más que para saltárselas.

No quiero cerrarme al mundo por miedo a que me vuelvan a hacer daño, a que me la jueguen una vez más, porque puede que sea así pero no sería justo pagar con quiénes vengan, el daño de quiénes se fueron, que no todos somos iguales y que la buena gente está ahí para que logren encontrarla los que estén dispuestos a buscarla.

Si la historia sale bien, genial, si la historia sale mal, una experiencia más, pero si hay algo que tengo más claro que nunca es que me niego a que el día de la mañana tenga que encontrarme a alguien que estuvo para mí cuando yo no estaba para nadie y tener que callarme porque ya sea tarde, cuando lo único que me apetezca sea decirle: “Eh tú, que sí, que quizá eras tú”.

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Ángel Ludeña.

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