Primavera.

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Parecía que nunca ibas a llegar y aquí estás, tan silenciosa, tan agitada, tan tú. Siempre fuiste mi favorita, ya lo sabes, yo contigo nunca tuve secretos.

Me viste llegar un nueve de Abril de hace ya casi veintiún años y desde entonces vuelves cada año a verme a mí y a todos los que quieran disfrutar de ti.

El tiempo siempre fue tu amigo, con el sol más brillante, la lluvia cada vez más alejada y los termómetros subiendo durante el día y bajando por la noche, porque las noches entre sábanas y edredón son la mejor opción para gente cómo yo, lejos de la casa dónde te arropan, lejos de un desconocido amor con un hueco en mi colchón pero cerca de ti que siempre vuelves para acompañarme en lo que nos toque vivir.

La música suena mejor en las terrazas que se abren a tu llegada que en garitos abarrotados de vidas, rodeados de humo y alcohol, de una última copa que se alarga hasta el cierre, de gente que no duerme por vivir más, por olvidar sintiendo de menos.

Pensándolo más detenidamente, tampoco te has portado tan bien cómo creía, porque tú y tus cuatro meses al año no sólo me trajisteis cosas buenas.

Tú, sí, tú viste cómo daba inicio mi batalla más complicada, cómo luchaba por vivir cuando había algo dispuesto a quitarme de en medio tan pronto cómo pudiera.

Tú, sí, tú fuiste la testigo de excepción de la marcha más difícil, del viaje sin retorno de mi abuelo, de mi querido abuelo Pedro.

Tú, sí, tú me pusiste delante a aquel gran amor, me hiciste creer que había ganado, que me había enamorado de alguien que también lo había hecho de mí para luego quitármelo tan pronto cómo llegó, para llevarte a ese viejo amor, para sacarlo de mi vida y para sacarme a mí de la suya.

Crees que soy injusto, crees que te guardo rencor pero no, te equivocas. Aunque no lo sepas, todo eso está perdonado y olvidado porque mi debilidad por ti ha hecho que me pare a buscarle el lado bueno.

Tú viste cómo vivía la prueba más difícil pero también cómo la superaba, cómo ganaba, cómo mi familia estaba conmigo, cómo nos uníamos más que nunca, cómo aprendía a valorarlos, a quererlos aún más y a disfrutar y vivir de verdad.

Tú estabas delante cuando se llevaron a mi abuelo pero con aquella difícil marcha, también nos trajiste consuelo, acabaste con su sufrimiento, evitaste que viésemos cómo caía en picado porque sabías que él vivir así era algo que no quería y nos diste la oportunidad de verlo irse de la mejor forma posible, con todos los que lo queríamos al lado y con aquella maravillosa sonrisa que él siempre tenía.

Tú me pusiste delante el final de aquel viejo amor pero no, no te lo puedo reprochar, porque fue en tus meses cuando viví los mejores momentos a su lado, cuando aprendí lo que era enamorarse, sentir menos por ti y más por alguien y aunque sí, es verdad que me trajiste el final, lo hiciste cuando tocaba, cuando yo no podía más, cuando llegó el momento de echar el cierre a una historia más que acabada.

Hay quién dice que cuando llegas, la sangre alteras, quién sabe si será verdad o no, si este año me enseñarás una nueva lección o considerarás que de momento estoy bien aprendido, sea lo que sea, ya estás casi aquí y yo he decidido que quiero disfrutar de ti, así que no me queda otra que decirte que te haré caso: las penas en casa, que yo me voy fuera, ¡bienvenida primavera!.

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Ángel Ludeña.

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