Ya no.

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Dicen que cuando lo vuestro se acabó, él no volvió a ser el que era. Ya no vivía deprisa cómo siempre había hecho y andaba despacio porque tenía miedo de tropezar, de hacerlo otra vez, como contigo. Cambió su sonrisa permanente por una mirada perdida, tan ausente que parecía que no estuviese. Quién iba a decir que él, que nunca callaba, iba a acabar siendo poco más que un mueble del salón.

Dicen que ya no escuchaba las canciones a todo volumen mientras saltaba encima del sofá, que las cambió por unos auriculares y letras tristes que hablaban de amores perdidos o quizá nunca encontrados. Dejó de ser el centro de todos los planes a dejarse llevar por quién quisiese tirar de él.

Ya no miraba el móvil a todas horas por si le escribías porque sabía que no lo harías aunque era incapaz de eliminar tu número de la agenda por si algún día le llamabas, por si tenía esa suerte. Dicen que nunca hablaba de eso, que lo convirtió en el tema tabú por el que nadie se atrevía a preguntar, por si le dolía, pero a él no le importaba, sabía que más daño del que tenía, no le haría. Dicen que se dormía tarde porque antes se sentaba en el sofá y se ponía a recordar lo que habíais sido, que miraba esas fotos que teníais y no dejaba de llorar mientras se culpaba por perderte. Nadie podía decirle que no había sido él quién te había perdido, sino que tú lo habías perdido a él.

Cuando se miraba en el espejo no se reconocía, pero es que nadie lo hacía. Aquel no era él, no quién había sido. Los años habían pasado por él, más rápido esos días que en toda su vida. Cuando salía siempre lo hacía acompañado, le daba igual por dónde y con quién, pero no quería estar solo, no más de lo que ya estaba. Dicen que al llegar a los locales, se acercaba a la barra, se pedía un ron con limón y se lanzaba a la pista a bailar. Pero no, ya no bailaba cómo antes. Conocía a cualquiera que se acercase y se entregaba a quién pillaba, en cuerpo, pero nunca en alma. Lo intentaba pero no podía, su corazón, que apenas latía, estaba demasiado ocupado intentando olvidarte.

Dejó a sus amigas a un lado, por ellas y también por él mismo, porque no quería que le viesen así, que supiesen que aquel era él, o al menos, lo que quedaba de él. Ya no llamaba a su madre y se tiraban hablando hasta las tantas porque no tenía nada que contarle, porque le daba miedo que ella lo pasara mal sabiendo que no estaba bien que había pasado de vivir a todo gas a no saber por dónde empezar a recomponer su vida.

Algunos días se levantaba y decía que había vuelto a ser él, que estaba de nuevo bien, pero bastaba con mirarlo una sola vez para ver que no, que por mucho que dijese ya no era él. Forzaba la sonrisa, se hacía miles de fotos con las que intentar demostrar que estaba bien y vivía para enseñárselo a los demás, no por vivir de verdad. Dejó de confiar en los demás, perdió esa inocencia que le hacía agachar la cabeza cada vez que alguien le gustaba, ahora la levantaba pero no miraba, nunca a los ojos, no por miedo a que lo viesen a él sino por el temor de saber que a quien iban a ver no iba a ser a él, sino a eso en lo que se había convertido después de aquello.

Lo ha pasado mal, tan mal que llegó a dudar de si volvería a ser feliz pero ha seguido adelante, ya no por ti, ni tan siquiera por él mismo, sino por los demás, por todos aquellos que lo quieren de verdad. ¿Sabes? Dicen que él soy yo, pero no, al menos, ya no.

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Ángel Ludeña.

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