Cuéntame qué fue de ti.

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Cuéntame qué fue de ti después de tu marcha, si volviste a ser quien fuiste o nunca fuiste quién volvió. Me dijo el viento en un encuentro casual que tu vida era más feliz sin mí. Pensé que lo hacía aposta, que no era más que otro de tus enviados con una misión clara: recordarme mis fallos. No, decía la verdad, lo sé aunque tampoco hace falta que entremos en eso, que tú siempre fuiste más de salidas precipitadas de vidas destrozadas que de entradas indefinidas.

El otro día cuando sonó mi despertador esperé un rato pero ya no pensé que irías a pararlo, fíjate, me acordé de que ya no estabas, supongo que después de tanto es lo que tocaba, que ya ha pasado un tiempo más que suficiente para convertir en rutina que no estés en mi vida. Las noches de estos días ya no me recuerdan a ti y tu manera de pasear por mitad de la ciudad con aquella vieja camiseta de un grupo que nunca me gustó o tal vez sí, ya ni tan siquiera importa.

He vuelto a salir con Leti, a convertir las mesas de las terrazas de verano en el único de nuestros planes y fíjate, parece que este año la cerveza sabe mejor, que está tan fría que puede que haya recordado su maravillosa función de ocupar con sus burbujas y su peculiar don un hueco en el corazón. Ni siquiera diré que el hueco era tuyo, tampoco mío, lo dejaremos en la mitad, diremos que fue el resultado de destrucción de un bombardeo en el que sobraban balas y faltaban ganas. De qué, dirán algunos. De poder con todo, les diría yo.

La poesía que me escribiste perdió los mejores versos el invierno pasado pero dejemos eso a un lado, que según me han contado, los poemas ya no te quieren. Yo tampoco, al menos no lo suficiente como para volver a hablar de ti. Eres el borrón y cuenta nueva de todo aquel por conocer, la historia que niego tres veces delante de quien sea y el peso de encima que hace mucho que me quité. De aquí te fuiste tú, aquí no te dejo volver yo. No, ya no. Por qué, te preguntarás. Muy sencillo, no sabes querer a nadie que no seas tú, por eso te creo cuando dices que nadie me sustituyó, que nadie ocupó mi hueco en tu corazón, porque en realidad jamás lo tuve. El portero del edificio me contó que un día volviste, que preguntaste por mí y luego te fuiste. Hiciste bien, aquí ya no vive nadie que tú conozcas, tampoco alguien que tenga interés en saber de ti.

Los vagones del metro te reclaman y ten la seguridad de que allí no me verás. El cine más pequeño de la capital está listo para que vuelvas, tampoco me encontrarás. Diles a todos que la culpa fue mía, cuéntales que el mundo me tragó de tantas veces como se lo pedí, que me fui a vivir al país de NuncaJamás y que me he convertido en el mejor amigo de PeterPan, lo que quieras, pero nunca la verdad, que eso no se te da demasiado bien.

¿Sabes qué? Una cosa te quiero decir. Soy muy feliz. Por cierto, mi familia y mis amigas también están bien, no quieras quedar mal. Supongo que ya sabes suficiente de lo que ocurrió y, la verdad, que tampoco me apetece charlar más aunque como siempre me enseñaron que la educación es lo primero, antes de que la conversación llegue a su fin, cuéntame qué fue de ti.

Ángel Ludeña.

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