Te quedaste sin tiempo para quererme.

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Te quedaste sin mí como yo me quedé sin ti. Sin ti y tu forma de mirarme mientras perdía el tiempo frente a un espejo en el que ya nunca apareces. Te quedaste sin nuestros planes de futuro con islas desiertas de por medio, viajes por mitad del mundo y fotos en playas de arenas tan blancas como las camisas que siempre me ponía cuando venías. Siempre venías, por eso aún no entiendo por qué dejaste de venir cuando sabías que se trataba de mí.

Te quedaste sin libros en la mesilla con cientos de anotaciones, sin besos de mañana en camas deshechas, sin “cierra los ojos y no mires” y sin mi forma de esconderme para hablar de ti. Te quedaste sin mensajes de buenos días y sin mis mejores noches, sin fotos improvisadas en todas y cada una de nuestras escapadas, sin la risa que te entraba cuando yo sólo me quejaba y sin mi manera de enfadarme por si así venías antes a visitarme. Te quedaste sin caricias bajo las sábanas, sin una mano que agarrar cuando salieses a pasear, sin verdades auténticas de quien hace mucho que dejó de hablarte.

Te quedaste sin te quieros sin respuesta, sin horas y horas de llamadas de madrugada, sin cafés con leche y azúcar y sin comer sushi en cada acontecimiento especial y para mí, si estabas tú, todos lo eran. Te quedaste sin visitar todas y cada una de las librerías de Madrid sólo por si encontrábamos algo diferente. Tú lo eras, yo, yo no sé ni lo que era, me bastaba con que lo fueras tú.

Te quedaste sin alguien que te dijese que no mientras pensaba en un sí, quien prometía no volver a escribirte mientras lo hacía, quien decía que contigo nunca sería feliz a la vez que se reía y quien juraba que lo nuestro no era más que un tonteo cuando ya pensaba en qué haría un verano entero sin ti.

Te quedaste sin quien leía tus mensajes y esperaba un rato para contestarte, quien decía que no era celoso pero “encontraba” motivos para serlo, quien hablaba con todo el mundo aunque no tuviera nada que decir y callaba cuando sabía que debía hacerlo, te quedaste sin quien tenía mil fallos aunque tú por entonces no se los vieras.

Te quedaste sin ganas de verme porque sólo te veías tú, sin ganas de tenerme cerca porque hacías de los centímetros los más largos kilómetros, sin ganas de sentir que el mundo se paraba porque yo se lo pedía, sin ganas de estar conmigo toda una vida cuando aún creíamos que estaríamos siempre juntos. Los siempre se acabaron cuando tú se lo pediste. Siempre pensé que volverían pero tú nunca volviste.

¿Sabes cuando empezaste a perderme? El día que te quedaste sin tiempo para quererme.

Ángel Ludeña.

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