Si prometes no olvidarme, prometo seguir escribiéndote.

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Siempre has sido tan tú que tampoco me planteo que hayas cambiado. Ni siquiera que te hayas dejado de preguntar qué fue de aquella historia de dos en la que ninguno estuvimos a la altura. Tú volabas alto cuando yo iba a ras del suelo, yo subía hasta el infinito cuando tú estabas en el subsuelo. La contrariedad era habitual en nosotros.

Si yo iba hasta el fin del mundo a buscarte, tú aparecías por sorpresa en el sitio de siempre. Si yo quería ir a por todas, tú no veías que pasásemos de ser algo más que dos con ganas de rozarse. Llegué a creer que el mundo, cuando se trataba de ti y de mí, conspiraba mejor que nunca. Sabía por dónde mandarte para que nunca pudiese encontrarte. Sabía lo que tenía que decirnos para que nos negásemos a volver a escribirnos.

Que fácil sería culpar al mundo de que no estés, que sencillo sería decir que fue la vida quien decidió que fuésemos por caminos diferentes, que tú lo intentaste y yo no lo conseguí. No sé que nos faltó para que el mundo creyese que íbamos en serio. Algunos dirán que amor, pero no, eso seguro que no. No éramos una pareja como las demás. No teníamos una fecha que contar, ni meses de anécdotas con las que demostrar que todo aquello era real porque para nosotros nada era tan verdad como tenernos delante y ver que merecía la pena. No me pesaban las peleas contra todos los que no entendían que lo eras todo, no me importaban las noches enteras pendiente de si decidías aparecer, tampoco las veces que creí que llorar era más habitual que sonreír. Suponía que los que de verdad querían a alguien, eso ya lo sabían.

Nadie lo dice pero sé que hay quien cree que contigo tiré la toalla antes de tiempo. Creo que se acostumbraron tanto a verme pelear por ti, que nunca les parecía demasiado, aunque lo fuera. Tardé en entender que si la única forma de quererte era la guerra, yo ya no quería seguir siendo soldado. Me faltaban fuerzas para seguir, ganas de enfrentarme a los demás y actitud para ponerme delante de todos diciéndoles que esta vez me tocaba a mí ser feliz. Y me faltabas tú, delante de mí, diciéndome que esa sí sería verdad. Fuiste tan cobarde que ni siquiera te atreviste.

Habría entendido que no me quisieras, que te hubieses cansado de mí, que creyeses que no íbamos a ninguna parte, pero no podía comprender que me dijeses que me querías pero no podía ser. Tú no porque tú, si se trataba de mí, siempre podías. Pudiste acabar con mis planes de futuro cargados de tópicos absurdos, pudiste hacerme ver que eras alguien a quien debía tener en cuenta, pudiste convertirte en el mejor de todos los planes y pudiste enamorarme cuando nadie lo había conseguido. Eras el mejor ejemplo de que querer era poder y yo creía que me querías.

No quiero darle vueltas que contigo hace tiempo que pisé el freno pero me da miedo olvidarte por si así también me olvido yo, de ti, de mí y de lo que fuimos. Puede que esa fuese la mejor opción pero ya sabes que contigo siempre fui de equivocarme.

No sé si aun queda algo de nosotros, si todavía hay algún lugar en el mundo en el que se pregunten qué fue de aquel par de tontos que disfrutaron como niños, pero lo que si sé es que de momento quiero seguir sintiéndote, por eso si prometes no olvidarme, prometo seguir escribiéndote.

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Ángel Ludeña.

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