Me pasé tanto esperándote, que me olvidé de que habías vuelto.

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Los días parecían más largos que de costumbre cuando las mañanas no empezaban con tus “buenos días” y  las noches no merecían la pena sólo porque no estabas para desearme que fueran buenas.

Cualquiera que me conociese un poco más allá de “uno con el pelo para arriba y unas gafas de aviador” se bastaba con un vistazo rápido para saber que aquel había dejado de ser él tan rápido como te fuiste tú. Ver las fotos del antes y aquel temido después dejaba al descubierto aquella misteriosa desaparición de esa sonrisa que descubrí contigo y te llevaste para ti. Aquí no había forma de volver a encontrarla.

Había veces que cuando me levantaba por las mañanas aún miraba el móvil con una extraña mezcla de miedo e ilusión por sí habías decidido que te tocaba volver a aparecer. Siempre la misma historia, esa que había sido de muchos para terminar sin ser de dos. Sólo de mí, el que esperaba día tras día porque en el fondo sabía que volverías, porque quería pensar que no había “viajes” que duraran para siempre, que en el algún momento te darías cuenta de lo que habías dejado allí y vendrías por aquí.

Verme cuando nadie me veía era tan indescriptible que prefiero reservarme esa imagen para aquellos que estuvieron allí, a mi lado en un sofá que escuchó demasiado aunque ahora no quiera acordarse. Cuando salía a la calle, cambiaba la historia. Mezclaba la laca para subirme el pelo con un vago intento por levantarme el ánimo. Elegía la ropa más colorida de todo el armario para terminar volviendo a los tonos de siempre, a esos que mostraban un aspecto frío de alguien con el corazón encendido. Y me ponía la colonia de siempre, esa de nombre británico a la que quise renunciar porque decías que olía a mí y, en cambio, a mí me olía a ti o, mejor dicho, a tantos momentos juntos. Cada vez que me la echaba me acordaba de tus palabras, de lo que te gustaba. Compraba bote tras bote como si de esa forma estuviese comprando una parte de ti, la de los recuerdos contigo.

Perdí la cuenta de los días que pasaron por aquel entonces. Dejé de enumerar las veces que planeé la mejor manera de encontrarte. Me olvidé de quienes me pidieron una oportunidad para poder salvarme y no aguantaron más de dos besos que ya no recuerdo. Desgasté la pantalla del ordenador de tanto mirar nuestras fotos y los minutos de Spotify se consumieron demasiado rápido cuando se trataba de escuchar nuestras canciones. Aún había cosas que consideraba de los dos cuando probablemente tú las seguías llamando tuyas y de tantos otros como vinieron.

Recuerdo que los que me querían me decían que te olvidaría, que nadie dolía eternamente y que llegaría un momento en el que preferiría no verte. Estaban tan equivocados que no perdía el tiempo en explicarles que mi vida se había ido contigo y lo que seguía no era más que una tregua para intentar recuperarla. Mi vida y a ti, que aún pensaba que al menos ella sí estaba contigo.

Y de repente, en mitad de Diciembre, con una Navidad en pleno apogeo y todos los villancicos puestos, me entero de que vuelves a estar ahí y, en cambio, ya ni te recuerdo. Tampoco quiero hacerlo. Y entonces me doy cuenta de que me pasé tanto esperándote, que me olvidé de que habías vuelto.

Ángel Ludeña.

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