Tan nosotros como entonces.

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Si te digo que todavía me preguntan por ti, no sé si te sorprendería o volverías a sacar aquella sonrisilla que te salía cada vez que alguien quería saber qué éramos, cada vez que yo agachaba la cabeza y evitaba la mirada y tú la levantabas y te quedabas con ganas de hablar de más. Puede que no fuera la mejor elección la de no saber de ti aunque tampoco tuve mucha opción, tal vez sería más propio decir que decidieron por mí o eso quiero creer antes de pensar que fuiste tú quien elegiste sacarme de un sitio del que yo mismo había salido.

Dicen que “el primer amor nunca se olvida” y que “segundas partes nunca fueron buenas” aunque también están los de “no hay dos sin tres” o “no existe quinto malo” así que hace tiempo que preferí dejarme llevar en eso de sentir y sí, debo decirte que después de ti vinieron más, vino, incluso a quien quise más. Hasta ese momento podía llegar a pensar que había estado enamorado de ti, que simplemente se terminó aquella historia porque tocaba que fuera así y que se podía dejarla acabar aunque siguiese queriéndote. No, no dudo que te quisiera pero si sé que no estaba enamorado, que no me levantaba con ganas de tenerte al lado ni me acostaba pensando en ti.

Cuando te perdí la pista mientras buscaba el norte dejándote en mi sur, no sólo me quedaba sin ti. A partir de aquello empecé a prohibirme recorrer las calles que se aproximaran, dejé a un lado las canciones que sonaban en aquellos sitios y olvidé llevar conmigo lo que una vez estuvo contigo. Si yo ya no lo estaba, no quería nada que también lo hubiese estado.

Tus amigos parecían haberse distribuido estratégicamente por todo sitio al que fuese y me resultaba casi imposible no cruzarme con alguno. Cuando los veía, recordaba tantos momentos juntos, lo que me reía con ellos cada vez que me hacía un hueco entre vosotros, lo fácil que resultaba que nunca discutieseis y lo que parecían alegrarse cuando creían que entre nosotros había algo más que dos risas compartidas y un par de miradas. Los veía y quería acercarme, hablar con ellos, saber que había ocurrido con aquellos amores extraños que tenían, si aquella que siempre le gustaba por fin había caído o se había dado cuenta de que ya era tanto como decían. Me apetecía pararme, saludarlos y preguntarles por todo para acabar hablando de nada. Quería que me hablasen de su vida pero evitando hablar de ti, no por mí, que yo tenía más que asumido lo ocurrido sino por lo incómodo que les iba a resultar no saber qué contarme de alguien que ya no estaba al lado, al menos, no al mío, supongo que sí al de ellos.

Tampoco tenía muy claro qué sabían de aquella historia, si tal vez se habían sumado a tu causa y habían decidido no nombrarme por si se me ocurría volver a aparecer. Algunos se plantearían por qué no elegía ponerlos delante, sonreírles y preguntarles pero yo, en cambio, siempre preferí mantenerme al margen, supongo que asumí que no tenía sitio en su vida desde el instante en el que no formaba parte de la tuya. Ya no sería igual, ni tan divertido como tantas veces fue, ni tan nosotros como entonces.

Ángel Ludeña. 

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