Cuando seamos los que fuimos.

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Cuando al día le robábamos horas porque no había nada mejor que perderlas tumbados bajo el sol. Cuando las calles de Madrid nos miraban con cara de “dónde iréis” cada vez que paseábamos juntos. Cuando los mensajes del móvil no decían nada pero lo decían todo. Cuando nos bastaba con un litro de cerveza y unos doritos picantes para olvidar las penas que igual tampoco lo fueron tanto. Cuando la música sonaba siempre en los sitios perfectos para que levantásemos la cabeza hacia arriba y supiéramos que podíamos con todo. Cuando las historias surrealistas de las que hablábamos terminaban siendo nada comparadas con las que vivíamos de verdad. Cuando nos hacíamos miles de fotos exactamente iguales y nunca nos poníamos de acuerdo porque a cada uno nos gustaba una diferente.

Lo pasábamos tan bien que había momentos en los que le habría pedido al mundo que parase y me guardase ese instante para poder repetirlo tantas veces como pudiese. Cuando queríamos más y mejor porque éramos capaces de enamorarnos una noche y olvidarlo por la mañana como en esas películas que no teníamos tiempo de ver. Cuando salíamos de fiesta con unas copas de más que sólo nos dejaban acordarnos de lo bien que lo pasábamos. Cuando hablábamos durante todo el día y luego nos llamábamos para seguir hablando porque teníamos siempre cosas que contarnos. Cuando hacíamos planes diferentes en cada momento y terminábamos en el sitio de siempre. Cuando no nos hacía faltar decirnos nada para saberlo todo porque nos bastaba con un silencio para entendernos. Cuando siempre estábamos juntos y en cambio ni siquiera lo notábamos.

Cuando hablábamos de cómo sería todo tiempo después y no creíamos que fuera posible que llegase la distancia de por medio. Cuando acabábamos con los distanciamientos con una charla para hablar en la que contábamos todo menos la distancia. Cuando no había punto de la geografía que se resistiese a nosotros subidos en un coche con un GPS que nunca se aclaraba. Cuando los dueños de los bares del centro se sabían nuestros nombres mejor que los del resto. Cuando saltábamos todos en defensa de todos sin preguntarnos por qué y si acaso había algo que defender. Cuando sabíamos que la vida se portaría bien y por eso a quienes se portaban mal sólo les deseábamos que les fuera bien pero sin nosotros. Cuando éramos capaces de reírnos a carcajadas con algo que nadie más entendía. Cuando si uno se equivocaba, los demás íbamos detrás, juntos, siempre juntos. Cuando podía decir sin miedo a equivocarme que poner la mano en el fuego no siempre quemaba. Cuando bastaba con mirarnos para notar que la ilusión nos acompañaba. Y la suerte casi siempre también.

Cuando éramos un pack indivisible peor que el de los yogures porque hacíamos del todos para una el mejor de nuestros lemas. Cuando decíamos que nunca nos íbamos a enamorar porque nos gustaba demasiado la libertad. Cuando hacíamos de la soltería el mejor estado civil y el requisito indispensable para ser felices. Cuando nos enamoramos de quiénes no debíamos y nos pegamos la hostia todos, sí, todos juntos, porque si uno caía, los demás nos caíamos para levantarnos. Cuando vivíamos tan de verdad que no podíamos ser más auténticos de lo que éramos.

Fuimos tanto de lo que no somos que si no fuésemos los que somos dudaría de volver a ser quiénes fuimos, por lo tanto, tiempo, ganas y una buena dosis de ilusión que si nos unimos volveremos a ser quienes somos cuando seamos los que fuimos.

Ángel Ludeña.

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