La imperfecta magia del choque de tus manos.

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Las posibilidades de que me enamorase de ti eran tan pocas que hubiese sido más probable que el día más frío del año se diese en agosto. Las complicaciones tenían esa facilidad para acercarse a mí que tampoco me extrañó que tuvieses ese algo que te llevaba irremediablemente a situarte más cerca de lo previsto. Las previsiones decían que pasarías de la nada al menos antes de que atinásemos a darnos cuenta. Yo no estaba preparado para estar contigo, tú ni tan siquiera para estar con alguien. Si hubiésemos buscado en un baúl la parte proporcional de los inconvenientes para compararla con todas las ventajas que me suponía estar tan cerca de ti, habría salido perdiendo.

Hicimos de los lugares más transitados de la ciudad, los escenarios perfectos para no tener ni que cruzarnos pero en cambio acabábamos tan cerca que bastaba con vernos entrar, siempre tan distanciados, para saber que encontraríamos la mejor manera de terminar justo al lado. Me acuerdo de que el tequila que bebías, sólo se abría si sabían que tu ibas a aparecer, puede que por eso siempre lo tuviese a la vista, porque tal vez era la única garantía de que vendrías, antes o después.

Dábamos vueltas sin sentido para todos y, en cambio, lo tenía, estar juntos en ese coche rojo que no he vuelto a ver desde entonces, puede que porque el concesionario tuviese el detalle de retirarlos todos para que nunca creyese que habías vuelto. Pero volvías. Nunca tú pero siempre tan tú. Si notaba que necesitaba tener conmigo ese abrazo que parecía reconfortarme, de repente sonaba esa canción que me traía un conjunto de buenos momentos, de nuestros mejores momentos, aunque contigo hasta los peores, fueron buenos.

Cuando parecía que la lluvia no iba a dejar que disfrutase de una semana en la que te echaba de menos, el sol aparecía de forma inesperada ante la sorpresa de los mejores meteorólogos del mundo. Dicen que nunca acertaban pero yo se que era la vida la que me echaba un cable en eso de tenerte presente aunque tú no estuvieras.

Si por algún motivo encontraba alguna de aquellas cartas que nos escribíamos cuando nadie más lo hacía, me ayudabas a olvidarme de que ya no te esperaba con esas citas de poetas que nunca me dijiste de donde sacabas. Los cigarros ya no se fuman igual si no estás tú para acabar hasta con las colillas. Las pelis no son tan interesantes como cuando nunca veíamos el final. Mi tele ya no se rompe porque no estás tú para volver a programarla. Las discotecas ya no ponen tus canciones. Ya ni tan siquiera las pedimos.

Acuérdate de mí, al menos la mitad de las veces de las que me dijiste que lo harías. Yo, por mi parte, seguiré diciendo que no te recuerdo aunque alguna vez te nombre, puede que porque todavía hay ocasiones en las que me cuesta olvidarme de ti y de la imperfecta magia del choque de tus manos.

Ángel Ludeña.

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