Cambios.

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Atrás quedó lo de caminar por todas partes buscando una boca de metro con nombre desconocido, cambió por cuatro ruedas que llevan a casi todos sitios siempre que esté a mi lado alguien que sepa defenderse entre ese laberinto que se empeñan en llamar Madrid. Lejos quedan ahora los escalones de una facultad de un gris complicado donde no aprendí nada de una carrera y descubrí lo suficiente llevándome experiencias que conmigo se quedan y a las mejores amigas que pasaban por allí. Muy distantes se quedan los tres meses de verano con un sol que nadie podía tapar en una playa donde siempre estaban ellos. Nos toca seguir con un tercio de ese tiempo, un botellín de cerveza y los recuerdos de quiénes siempre tendrán en propiedad aquel cachito de césped y mar, pero juntos como ellos querían y como nosotros seguiremos queriendo.

Qué atrás queda ahora lo de jugar al despiste con el portero de la discoteca de moda con un DNI en el que nadie se parecía a la foto que salía y un rostro que ya no recordamos. Lo cambiamos por cientos de invitaciones a todo garito que se precie, con más copas gratis de las que podemos beber y con un nivel de agotamiento que nos impide bailar hasta las tantas. Como tanto nos gustaba. Lejos se quedó eso de dar toques cuando te acuerdas de alguien, mandar SMS con mensajes sin sentido y esa forma de no despegarnos del móvil por si surgía un plan repentino. Ahora vivimos pendientes de ese logotipo verde, con horas de conexión y un leído o no, que tantos quebraderos de cabeza siguen dándonos. Atrás quedaron los pisos compartidos con compañeros de vida con los que despedirse noche tras noche con un “hasta dentro de un rato”. Cuánto lo echo de menos.

Lo cambiamos por pisos de 40 metros con menos luz de la que nos gustaría y donde la soledad aparece de vez en cuando en forma de recuerdos. Cambiar, cambiar y lo bonito de evolucionar. Qué raro resulta darse cuenta de que de repente eres adulto o, al menos, lo eres lo suficiente como para tener una larga agenda de cosas por hacer, gente a la que ver o lugares donde ir. Decía una vez alguien que eso de enamorarse cambiaba con el tiempo, porque la forma de querer y esa forma de romperse el mundo cuando no eras correspondido no sonaba igual cuando llevabas la mochila cargada de experiencias. Y qué razón tenía. Con el tiempo se quiere pero no igual ni más ni menos.

Te das cuenta que, a veces, con quererse no es suficiente para hipotecar tu tiempo y tu felicidad y que igual es necesario usar más la cabeza, que el corazón no siempre funciona. Porque compensa a la larga. O tal vez no, puede que eso sea de lo poco que aún no tenga claro. La vida es cambiar y es que no hay nada mejor que los cambios cuando sabes que hay cosas que nunca cambian. Donde tu gente sigue en el sitio de siempre, los amigos que de verdad lo eran siguen sabiendo cómo estás, los amores vienen y van hasta que llegue quien se haga un sitio y las decepciones duelen pero a la larga se superan, que la vida está cargada de tropiezos y sólo se trata de buscar la forma de llenarla de momentos, de buenos momentos. Lo bueno de seguir, con los que vienen para quedarse y las ilusiones por cumplir bajo un sol que siempre cuidó los cambios.

Ángel Ludeña.

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