La calle de los secretos a voces.

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La foto de aquel paseo por la ciudad sigue guardada en un marco de color rojo. Por eso de crear contrastes entre esa forma de ocultarla y la manera que tenían todos de ponerla a la vista. Podríamos hablar de los incontables recuerdos que se quedaron tirados en aquel pequeño banco donde tantas veces hablamos, de ti, de mí, de lo que siempre fuimos y lo que nunca seremos. Había tantas formas de no encajar que nosotros decidimos buscar la manera de hacerlo por aquello de saltarnos las normas. No es cuestión de entrar en engaños.

Te echaba de menos cuando te tenía lo suficientemente cerca como para agarrarte de la mano cuando creía que te ibas a ir pero siempre volvías. Decía una buena amiga que las idas, nunca valían si iban sin venidas. Tú siempre volvías. Lo mal que suena hablar de ti sin que estés tú. Qué lejos quedan aquellos días de viajes de una punta a otra de una ciudad que ya no parece la misma, aunque lo sea. Porque lo es y no sabes lo bien que me sienta saber que ella sigue en pie aunque nosotros haga mucho que dejamos de estarlo. Tu mundo ahora me parece tan desconocido que se parece bastante a ti. Porque no recuerdo cómo eras antes, por suerte o por desgracia, tengo demasiado presente como eres ahora y lo poco que me gusta. Tienes la misma cara, los mismos ojos oscuros y esa camiseta de los Rolling Stones que te regalé cuando menos lo esperabas. No sé el motivo por el que sigues poniéndotela si es una forma absurda de homenajearnos o si por el contrario es la mejor manera que has encontrado de seguir fastidiándome. Pero no lo consigues.

Me preguntaban continuamente por qué seguía esperando que volvieses si ya hacía demasiado que habías decidido no hacerlo, puede que porque ya no me necesitases o tal vez porque prefirieses seguir vagando por un mundo que siempre se portó demasiado bien contigo. Me dejaste solo, tanto que me costaba sentarme delante de la calle donde tantas horas compartimos y lanzarle una sonrisa por si así se creía que te había olvidado. No a ti pero sí aquellos incontables recuerdos en forma de dos cervezas con tanta espuma. Creo que nunca te conté que seguía buscando aquel reloj que dejaste olvidado por si así podía volver a escribirte y decirte que lo había encontrado.

De repente sólo éramos móviles sin batería, coches sin gasolina, un Madrid sin la Cibeles y una historia sin nadie que la pudiese contar, puede que por aquel empeño tan nuestro de que lo que vivimos se quedase en el olvido. Me acuerdo de ti tantas veces como días pasamos juntos, aunque haga demasiado que decidí no volver a nombrarte y guardase a cal y canto el guión de aquella historieta de dos y algunos más que todavía hay quien se atreve a cuestionar, a ella y a lo que disfrutamos por aquel entonces y todo por tirarla en mitad de la calle de los secretos a voces.

Ángel Ludeña.

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