Por volver a ver su particular sonrisa.

Tenía la sonrisa más bonita del mundo. Y no dudaba en sacarla a relucir cuando el momento lo pedía. Y si era a su lado siempre lo pedía. Contaba historias de la manera justa para que te quedases escuchando cada segundo. Donde los buenos eran buenos. Hablaba siempre de viajes por el mundo y sabías que si estabas allí siempre tendrías billete a donde fuese pero a su lado. Vivía y bebía casi a la vez, como esa forma de contar hasta diez sabiendo que siempre habrá un once y ganas de seguir a por más.

Recordaba historias que había vivido y te convencía de vivirlas otra vez con cada uno de los detalles de un cuento con tantos protagonistas que cualquiera diría que todos eran imprescindibles. Y lo eran y es que lograba darle a cada uno su momento. Derrochaba sonrisas y se emborrachaba a whisky solo. Y siempre con compañía. Beber era un deber si era con amigos. Y siempre los tenía.

Hablaba mucho de las veces que ganaba y le ponía tanta ilusión como cuando contaba las veces que perdía y, en cambio, sentía que lo tenía todo. Porque qué bonito es perder y saber que, en realidad, ganas siempre. Porque las sonrisas no se devuelven y la caja de cambiar momentos ya no funcionaba. La desenchufó tantas veces como alguien le decía que por qué se iba. Y lo hacía para volver porque odiaba las despedidas. Enamorarse de sus ojos, prenderse de su boca y colgarse de su pelo como la manera más tonta de olvidar y sentir que siempre estaría cerca.

Acababa con la camisa rota porque era la única forma de asegurarse un buen polvo. Y lo eran siempre porque era su particular regalo enviado a cualquier punto del mundo donde supiese que estabas. Y su corazón era de todos y en realidad de demasiados. A cada uno nos tocaba un cachito pequeño que servía sólo para los más grandes. Quienes estábamos dispuestos a asumir que era de alquiler por unos días y recuerdos para toda la vida.

De mí, en realidad, no sé qué fue. Pero no estoy para hablar de eso, sino de sus imponentes ojos marrones, de esa piel que acumulaba achuchones de todo aquel que como yo quería formar parte de su historia. Creo que cada uno tuvimos la nuestra y en cambio estaba en la de todos. Hablaba una amiga una vez de declarar guerras donde no valen ni los acuerdos que allí todos vamos a perder porque para ganar ya estaba su brazo donde alzar una victoria que nunca reconocería. Qué bonito volver a nombrar su historia sin decir su nombre y qué bien saber que unos pocos tuvimos suerte por verlo puesto al lado del mío en un posavasos de discoteca barata donde el alcohol siempre sabía peor. Como la vida con sus malos tragos que por muy mal que sepa, siempre terminas bebiéndotela. Tan solo diré que la vida siempre se porta bien y que en cualquier lugar donde el sol salga arriba y los pies estén en el suelo, aparecerá de nuevo con esa sinvergonzonería por la que habría declarado la guerra indefinida. Y qué guerra más bien perdida si era por estar un poquito a su lado. Un poquito de su dosis para aguantar sin su droga. Y qué batalla más bien derrotada si era por volver a ver su particular sonrisa.

Ángel Ludeña.

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