De sonrisas improbables que no entendieron imposibles.

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Las calles vuelven a contar historias como hacían cuando la primavera y el invierno compartían mesa y tal vez café. Y de repente parece que compartir vuelve a sumar sin nada que reste de forma aparente con un cielo despejado propio de tiempos buenos. Y que no es tan divertido vivir a medio recorrido cuando nosotros siempre fuimos de cumplir. Y que si hablan, que no callen. Que a estas alturas del cuento, no hay finales por contar, ni principios perdidos. Y que bien lo de encontrarse en mitad del mundo para dar tantas vueltas y terminar empezando. Y que las llamadas sólo valen si se dice algo de verdad. Que no hay manera de entenderse cuando faltan ganas de olvidarse. Y que de malhumorados están cubiertas todas las historias que se quedaron en el cajón de no ganar.

Que perder sólo te garantiza que la pena no dure y que aquí somos de hostias si tuvieron sonrisas un poquito antes de darte de bruces contra el mundo. Que ya no hay guerras por nada que no sea de merecer alegría.  Y que te llamen a miradas y no te dejen sin abrazos. Que sólo quedan tiempos pasados que no fueron mejor, que vuelvan las horas que iban al revés de todo. Que andar es más fácil cuando tienes quien te guíe y que aquí ya no hacen faltas mapas donde no salen lugares con nivel de verdad. Y eso para los que siempre apostaron por la altura que bajar sólo sirve para ir a ras del suelo y chocar contra el mundo.

Y que dará muchos giros pero termina donde siempre todo se resuelve. Y que ya no es verdad que alejarse siempre compensa. Que me pueden contar que no van a conseguir convencernos de que equivocarse nunca sale bien porque de aciertos también sabemos, tanto como para apostar acertando. Y dejar caer que levantarse deja de ser principal cuando hay más secretos que mentiras y que de sorpresas no se cansa nadie ninguna vez y en ningún momento. Y parar cogiendo impulso y entendiendo que nunca sabes lo que es de verdad hasta que miras de frente y sonríes.

Y que extrañar solo cuando es conocida la falta de ganas de echar de tu vida. Y que ninguna historia se cierra cuando estar abierta fue siempre la mejor solución. Porque cerrarse a la historia solo vale para darle argumentos que alimenten la pena. Y que no hay libros por escribir porque las mejores charlas nunca van sobre el papel. No hay manera de explicarte que las fotos solo valen cuando el álbum sigue llenándose de recuerdos en presente.

Y que vuelvas otra vez, y que vuelvas no sé a dónde. Tal vez ni a cuando, ni a qué y que vuelvas de una vez por todos o como dicen ahí, que vuelvas de una vez por mi. Que no echarte significa pedirte que te quedes y que ya no quiero palabras convertibles en otra cosa cuando se trata de sonrisas improbables que no entendieron de imposibles.

Ángel Ludeña.

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