Cielos arrugados en papeles despejados.

 

Que no es necesario pisar fuerte para que nadie siga tus pasos. Y que pasito a pasito se llega cerca. Y es que lo lejos, quedó al descubierto, que no compensa. Que la ciudad de las tres torres, se quedó coja y que ahora no son ni dos las que sostienen ese cielo. Y bajar hasta los inviernos para recordar que los veranos lo curan casi todo. Y que no hay un casi que no cumpla con su función. La de terminar sin empezar. Y que llegan un par de ojos marrones y parece que lo cambian todo. Y que suena bien que vengan nuevos vientos a acabar con los viejos aires.

Y que a veces para que algo sea pasado, no hace falta que pase mucho. Suenan las verdades a golpe de fuerte, que no hay débil que se ponga en pie después de innumerables caídas al vacío. Menuda mierda tropezar sin darse fuerte, que las heridas que no dejan cicatriz, ni curan ni enseñan absolutamente nada. Y que lo mejor de las historias que no se saben, es que nadie pregunta por qué empezaron, acabaron o no se llegaron a contar ni en bares de mala suerte a horas improbables de noches demasiado posibles. Y no entiendo de imposibles después de vivir lo vivido, reír, lo reído y contar lo contado. Y que cuento las veces sin decir nada y callándome por qué ya no me salen las cuentas. Que aprender es sinónimo de recordar por qué merece la pena que no se nos olvide nada. Y que como si de un cometa que atraviesa Marte, volvía a aparecer en las escaleras del lugar donde empezó todo.  Y vamos a perdernos en mapas, no hace falta comprobar que de jugar no se cansa nadie. Y que llegar para ganar, que perder ya mejor el resto. Que no es posible oír mil veces lo mismo y no empezar a creérselo un poco.

Cuenta el cuarto cubata que la mejor forma de volver es saber irse a tiempo. Que puedes marcharte mil veces y encontrar la forma de quedarse siempre. Que tengo una lista cargada de imposibles y de perdones improbables. Que no hay un abrigo que cubra el frío de esta puta ciudad cuando aún no sabe que si el invierno no quiere, tampoco tiene obligación de venir.

Puedes consultar a cualquiera que sepa de escuchar, que de no callarse saben todos. Y que con el cielo tan cargado es difícil ver con claridad, o tal vez sea un cúmulo de sonrisas de no sé muy bien para qué, las que quieren que te quedes donde te de la gana o donde a ella le de por ti. Que quiero probar más cervezas de la cuenta a ver si así me sale alguna buena. Y que es verdad que no hay mentiras que se sostengan cuando miras de frente ni mucho menos tampoco cuando te pones a pintar sin quien te dió las pinturas sobre cielos arrugados en papeles despejados.

Ángel Ludeña.

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